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martes, 18 de diciembre de 2012


¡Queremos cash!

Fuente Revista Poder 360°
Octubre de 2010

La restricción a la divisa estadounidense afecta la economía fronteriza y turística.

Por Alberto Aguirre M.
Economía real. Gran limitación tendrá la gente de la frontera norte que trabaja en Estados Unidos, gana en dólares pero gasta en México.


 Paradojas del control de cambios: en Tijuana, donde este año se fabricarán más de 23 millones de televisores HD y de plasma, las ventas de estos aparatos se han desplomado por la restricción para realizar operaciones bancarias en dólares, que entró en vigor desde el pasado 13 de septiembre en todo el país.

En aquella ciudad bajacaliforniana o cualquiera otra urbe limítrofe con Estados Unidos ya no es posible pagar al contado, con divisa estadounidense, un producto o un servicio cuyo importe exceda los 100 dólares. Tres meses antes, cuando se publicó la resolución de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, el límite había sido establecido en 40 dólares, pero la presión de los organismos empresariales de Tijuana hizo que se modificara ese techo.

Es la única concesión que harán al respecto las autoridades de la dependencia que encabeza Ernesto Cordero Arroyo. La medida, inscrita dentro de la estrategia integral del Estado mexicano para abatir al lavado de dinero y evitar el financiamiento al terrorismo y al crimen organizado, no será cancelada o postergada.

Apenas se publicó el ordenamiento gubernamental –el pasado 13 de junio–, los empresarios detonaron un plan de resistencia civil, cuya primera expresión fue espectacular: en las vialidades más transitadas de aquella ciudad aparecieron una veintena de mensajes de auxilio, sin destinatario definido: “SOS, el ‘control de dólares’, tiro de gracia para Tijuana y un capricho (impuesto) a más de 3,000 kilómetros de distancia”, se leía en los megacarteles, firmados por los “ciudadanos de Baja California”.

Para Juan Manuel Hernández Niebla, presidente de Coparmex Tijuana, el gobierno federal ha puesto en una situación límite a los hombres de negocios que invirtieron cerca de la frontera con Estados Unidos. “El primer tiro lo dieron en el 2007, cuando prohibieron la venta de vehículos usados provenientes de Estados Unidos y el segundo cuando implementaron el Siave [Sistema de Aforo Vehicular]en los cruces fronterizos, que elevó de 45 a 120 minutos la espera en la línea de San Ysidro, en las horas pico. Ahora, están reduciendo el intercambio comercial a su mínima expresión”, detalla.

Héctor Contreras Luengas, presidente del Consejo Coordinador Empresarial de Baja California, sostuvo que los efectos de esta medida pueden ser letales para la economía de la entidad. “Entre junio y septiembre –calculó– se ha registrado una fuga de capitales superior a los 50 millones de dólares”.

En Tijuana y en San Luis Río Colorado, Sonora, más de 40% de las operaciones comerciales se efectúan en dólares. En Baja Californa, más de 100,000 personas tienen empleo en Estados Unidos, con un ingreso medio de 1,500 dólares mensuales; muchos alcanzan niveles superiores y ahora no tendrán dónde depositar o gastar su dinero, a menos de que lo conviertan a pesos.

En estricto sentido, los bancos y las casas de cambio son los encargados de instrumentar las nuevas disposiciones hacendarias, al quedar restringido el monto de las operaciones diarias y las acumuladas mensualmente. Así, las personas físicas no cuentahabientes sólo podrán hacer manejos de hasta 1,500 dólares mensuales y 300 dólares diarios. Los cuentahabientes podrán operar hasta 4,000 dólares. Las personas morales pueden realizar operaciones hasta por 7,000 dólares.

Mercado negro

Jorge García, socio de asesoría financiera y especialista en investigaciones forenses en Deloitte México, considera que la nueva disposición era necesaria, pero reducir el flujo de dólares en efectivo al mínimo posible creará un mercado negro de la divisa estadounidense. “En el caso de una persona física –dice–, que ahorra en dólares, que tiene una necesidad económica por alguna enfermedad, por ejemplo, y su tarjeta de crédito no cubre la necesidad de la misma, ¿qué puede hacer?, ésa no es una situación de lavado de dinero”. La disposición tiene efectos en todo el territorio nacional y también afecta la compraventa de artículos suntuarios como joyas, autos e inmuebles. “Las personas que queremos hacer una compra de estos artículos normalmente lo hacemos por canales idóneos establecidos e institucionales, por traspasos de banco a banco, y eso se seguirá haciendo –ilustra García–, pero [con la disposición] ahora no podrán llegar con una maleta llena de dinero con miles de dólares o comprar un condominio de cientos de miles o millones de dólares”.

Los problemas mayores se registran en la franja fronteriza y en los centros turísticos, donde en teoría nadie podría pagar hospedajes o consumos de alimentos y bebidas en los hoteles de Gran Turismo o de cinco estrellas, cuyas tarifas promedio exceden los 300 dólares.

Alejandro Salinas Diez, presidente de Canacintra-Tijuana, observa que los pequeños y medianos empresarios afrontan las mayores dificultades. Pone como ejemplo a los  propietarios de refaccionarias automotrices, quienes deben comprar sus insumos y con frecuencia reciben el pago por sus servicios en dólares.

Hernández Niebla dice que los problemas de la medida se materializan en la situación que afrontan los distribuidores de bebidas embotelladas y alimentos empacados, como el pan de caja o las frituras que se consumen en las tiendas de abarrotes. “Uno de nuestros afiliados, en Coparmex, tiene 2,000 camiones repartidores. ¿Qué pretenden las autoridades, que cada una de esas unidades se convierta en un ‘corresponsal bancario’? Por donde se le vea, es una locura”, exclama.

Se refiere a la “solución intermedia” que ha contenido el descontento: la posibilidad de que las empresas asuman las corresponsalías bancarias, con un plazo de gracia de nueve meses que inicia a partir de la firma de una carta de intención. En ese lapso, ha ofrecido la Asociación de Banqueros de México, se completarían los trámites de registro y hasta entonces comenzaría el cobro de comisiones e intereses.

No saber con exactitud a cuánto ascenderían las comisiones ni quién sería el propietario al final de los dólares es lo que ha detenido a la mayoría de los empresarios a sumarse a este ofrecimiento, dice el líder de Coparmex Tijuana.

Los bancos también ya encontraron la forma de sortear los obstáculos impuestos por la Secretaría de Hacienda: una misma persona –ya sea física o moral– puede abrir hasta nueve cuentas, ya sea en una sola institución o en distintas, de modo que puede acumular hasta 56,000 dólares cada mes.

“¿Y así quieren combatir el lavado de dinero –se queja Hernández Niebla–, no lo entendemos, porque al final todo termina siendo una enorme simulación”.

Cabildeo intenso

Los líderes de las principales cámaras empresariales de Tijuana estuvieron, el pasado martes 21 de septiembre, en las oficinas del Senado de la República, para exponer su situación ante los presidentes de las comisiones de Hacienda, José Isabel Trejo, y de Seguridad Pública, Felipe González, ambos del PAN. Allí también estuvieron el subsecretario de Hacienda, José Antonio Meade, y el presidente ejecutivo de la Asociación de Banqueros de México, Luis Robles Miaja.

Dos semanas antes, el senador priista Fernando Castro Trenti había presentado una iniciativa de reforma que parece ser la solución de punto final a este problema: se adicionaría un párrafo al artículo 115 de la Ley de Instituciones de Crédito, para que sea el Banco de México –y no la Secretaría de Hacienda– el que establezca las disposiciones a observar, tratándose de operaciones con moneda extranjera.

“Las disposiciones que estarán vigentes por decreto causarán exactamente lo contrario de lo que buscan, pues van a generar desempleo en las zonas turísticas y en el sector comercio de la frontera norte; el desempleo genera violencia y capacidad para contratar sicarios, que por lo general son jóvenes sin empleo”, advirtió Castro Trenti en la exposición de motivos de su iniciativa.


“Se les pasó la mano: en lugar de acabar con las actividades ilegales, están acabando con toda la actividad económica”, insiste el presidente de Coparmex Tijuana.

Antes que cualquier cambio legal, las distorsiones que ha provocado la restricción de dólares podrían corregirse mediante un correcto proceso de bancarización, dijo el presidente ejecutivo de la ABM el pasado miércoles 22, en un foro organizado por la Asociación de Periodistas de Tijuana (APT), que se realizó en las instalaciones de la Canaco.

Con las corresponsalías bancarias, insistió Robles Miaja, los empresarios podrán depositar dólares sin límites en una cuenta especial. Además se puso en marcha una ampliación de la red de cajeros automáticos y ventanillas de atención. Tan sólo en Baja California, se habilitaron 253 cajeros automáticos.

Los empresarios de Tijuana, sin embargo, mantienen su escepticismo. También las autoridades locales. “Si se piensa hacer caso a todo lo que diga el gobierno de Estados Unidos, entonces también debería copiarse lo bueno”, expresó el presidente municipal electo, el priista Carlos Bustamante ante Robles Miaja.

Los líderes de la Coparmex y la Canaco tienen la certeza de que las autoridades hacendarias no darán marcha atrás, por lo que ahora mismo cabildean, a través de Juan Manuel Hernández Niebla y Mario Escobedo Carignan, con todas las fuerzas políticas para obtener los votos necesarios para aprobar la iniciativa de Castro Trenti.

En la primera quincena de octubre, estiman líderes empresariales y legisladores de Baja California, se habrá dictaminado la iniciativa y estará en posibilidad de someterse a la aprobación en el pleno del Senado.

sábado, 11 de diciembre de 2010


Narcos y contrabandistas toman la frontera sur de México

Fuente: El País de España

México: Narcotráfico

EE UU tiene 30.000 agentes en la línea fronteriza con México, mientras que solo 125 policías mexicanos protegen los límites con Guatemala.- Los diplomáticos estadounidenses consideran "dramática" la situación en el territorio

PABLO ORDAZ - Madrid - 
11/12/2010

La frontera de México con Guatemala es un territorio salvaje donde narcotraficantes y contrabandistas de armas y personas campan por sus respetos, las avionetas cargadas con cocaína aterrizan a plena luz del día, la policía es ineficaz o corrupta y la población, abandonada secularmente por el Estado, ha decidido aceptar la protección de grupos criminales tan poderosos como Los Zetas. Una serie de cables muy minuciosos, elaborados sobre el terreno por diplomáticos de Estados Unidos destinados en México y Guatemala, constatan que ninguno de estos dos países "trabaja seriamente para que se cumpla la ley" y que, mientras los 3.000 kilómetros de frontera entre Estados Unidos y México son vigilados por 30.000 agentes norteamericanos (10 funcionarios por kilómetro), México solo cuenta con 125 agentes para los 1.000 kilómetros de la frontera sur (un policía cada ocho kilómetros). Hay una palabra que utilizan los diplomáticos estadounidenses para describir la situación de la "porosa" frontera: "Dramática".

    Pablo Ordaz: "La frontera entre México y Guatemala prácticamente no existe"

    VIDEO - - 11-12-2010

    El corresponsal de EL PAÍS en México analiza los cables sobre las actividades fronterizas en la zona -

    "Desafortunadamente", dice el primer despacho de EE UU analizado por este periódico, elaborado por la Embajada en Ciudad de México, "nuestra visita a los tres pasos fronterizos entre Guatemala y México reveló que actualmente ningún país trabaja seriamente para que se cumpla la ley (...). Los limitados recursos también socavan los esfuerzos: mientras hay 30.000 oficiales de EE UU en las 1.926 millas (3.099 kilómetros) de frontera Mex-USA, solo 125 oficiales de inmigración mexicanos controlan las 577 millas (928 kilómetros) de frontera con Guatemala. Los oficiales mexicanos confirmaron repetidas veces que ellos no tienen los recursos humanos para dirigir los esfuerzos de manera efectiva a lo largo de la frontera sur". Los otros tres cables analizados, confeccionados por la embajada de Guatemala, contienen tantos detalles de los informantes que este periódico ha decidido no hacer público su contenido completo. Los diplomáticos enviados a la frontera de México con Guatemala visitan tres de los puntos más calientes. Playa Grande, Cobán y San Marcos.
    "En Playa Grande, al oeste de la frontera de México", se explica en un telegrama, "las unidades del ejército de Guatemala no tenían los recursos suficientes para combatir a los narcotraficantes que utilizan la zona como un punto de tránsito". La visita se produce en octubre de 2009. Los enviados de EE UU apreciaron que "las comunidades locales alrededor de Playa Grande estaban siendo pagadas por los narcotraficantes e impedían el acceso a los policías y militares (...) Pequeñas aeronaves de uno o dos motores vuelan regularmente a Guatemala, principalmente desde Venezuela, llevando más de 1.200 kilos de cocaína. Los narcotraficantes aterrizan en pistas clandestinas y descargan en aproximadamente siete minutos. Camiones ya situados en la pista de aterrizaje transportan la droga directamente a México y a los EE UU. El ratio de éxito es casi del 100% cuando aterrizan de noche".

    A modo de gran reportaje, los cables de la embajada describen la visita de su personal a la base militar de Playa Grande, situada al noroeste de la ciudad de Guatemala: "Carece de los recursos más básicos". El comandante de la base les explica que solo dispone de dos camionetas pick-up y un camión, a todas luces insuficientes para patrullar la zona. "La cooperación con la policía y los fiscales es difícil ya que hay solamente cinco oficiales de policía y tres fiscales para cubrir toda el área". El militar guatemalteco pone de manifiesto su falta de confianza en las autoridades judiciales, y lo ilustra con un ejemplo: "El 2 de octubre, un presunto miembro de los Zetas [uno de los carteles mexicanos más sangrientos] que viajaba con documentos de identificación falsos fue detenido, llevado ante el juez..." y liberado tres días más tarde. Los Zetas, según los testimonios recogidos, habían llegado a la zona unos meses antes y ya disponían de varias zonas de entrenamientos. Su lujosa vida -joyas, coches y casas- estaba despertando peligrosamente el interés de los jóvenes guatemaltecos, pero no solo de ellos. El informe señala un extremo muy preocupante, de sobra conocido en determinadas zonas del norte de México: "Los narcos han invertido mucho en infraestructuras públicas, demostrando capacidad para traer mejoras a zonas remotas del país, suplantando al Estado. El comandante de la base señaló que la población local ha empezado a rechazar a policías y militares. Cree que los locales están pagados por los narcos para mantener la presencia del estado fuera de la zona".

    Controlar, "una hazaña casi imposible"
    La delegación norteamericana constató que patrullar con eficacia las zonas fronterizas "es una hazaña casi imposible". Un alto mando local les explicó que existen 43 pasos de frontera "no oficiales" donde grandes camiones cruzan fácilmente de Guatemala a México sin ser detectados. De los ocho pasos fronterizos sí oficiales, solo cuatro están controlados por oficiales de frontera. "La falta de recursos en Playa Grande", concluye el informe, "es alarmante".
    En la zona fronteriza de Cobán, analizada en otro cable, los oficiales norteamericanos no encuentran una situación mejor. "Lo que está ocurriendo allí es típico de muchas áreas rurales de Guatemala. Las fuentes nos dicen que la policía de Cobán es corrupta y está relacionada con los traficantes, y a veces incluso les proporcionan escolta. Algunos jueces y fiscales están demasiado asustados para hacer bien su trabajo. Otros están ligados a los traficantes. Aduciendo que la seguridad no es de su competencia, la mayoría hace la vista gorda a la violencia del narco en las calles de Cobán (...). Ya no es el lugar pacífico que era hace un año y medio...". La culpa, según el informe de los diplomáticos de EE UU, la tiene el cartel mexicano de Los Zetas, formado por ex militares, que ha desplazado a la zona a un centenar de sus sicarios. Según el informe, la presencia del cartel se debe a una invitación expresa de uno de los principales narcotraficantes locales, Walter Overdic Mejía, que pretendía asociarse con los mexicanos para ampliar el negocio.

    Pero el proyecto le salió mal. Los Zetas -en plena expansión en México, tras separarse del cartel del Golfo- decidieron trabajar por su cuenta y le disputó la plaza al tal Mejía: "Están comprando tierra para formar un corredor hacia la frontera de México. Se han reunido con los productores locales de palmera africana para decirles qué tierras pueden comprar y cuáles no". Incluso, fieles a su estilo, secuestraron a algunos productores para dejar claro su poder. Según los despachos enviados a Washington por la embajada de Guatemala, un buen puñado de sicarios mexicanos se habían establecido ya en dos barrios populares de Cobán, El Esfuerzo-1 y El Esfuerzo-2, muy cerca del aeropuerto. Las autoridades locales de inmigración le estaban ayudando a obtener pasaportes guatemaltecos. "También se cree que Los Zetas operan un campo de entrenamiento en la zona". Una fuente local informó a los enviados norteamericanos que "los Zetas usan libremente el aeropuerto, incluso en horas diurnas".

    Más de 70 pasos ilegales
    Otro de los cables analizados reconstruye una visita al departamento guatemalteco de San Marcos, fronterizo con el Estado mexicano de Chiapas. Lo que allí les cuenta el comandante de un pequeño destacamento naval situado roza el esperpento. "Declaró que él tenía dos pequeños barcos para patrullar 125 millas de costa, incluyendo cuatro desembocaduras de río a menudo utilizadas por los contrabandistas. Añadió que actualmente tenía 130 galones de gasolina y como mucho recibía 50 galones cada dos meses. Dijo que con sus recursos limitados su unidad solo podía patrullar una vez a la semana...".

    Otro contacto les confesó la existencia de "por lo menos 72 pasos de frontera ilegales para cruzar el río que separa San Marcos (Guatemala) de Chiapas (México)". Y que, para evitarlo, "solo disponía de dos vehículos y 70 hombres". El resto de su plantilla, unos 370 hombres, estaban desplegados en la zona montañosa del interior para, entre otros asuntos, intentar erradicar las plantaciones de amapola. Lo más chistoso sucedió cuando la delegación norteamericana visitó uno de los puntos ilegales de paso: "Varias balsas estaban llevando inmigrantes a México y trayendo mercancías de contrabando a la vuelta a Guatemala. Los contrabandistas no parecían preocupados por la presencia de los militares de Guatemala. Varios ofrecieron llevar a la delegación al otro lado del río por un dólar por persona...".

    martes, 26 de octubre de 2010


    Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas

    Los que llegan

    México no es sólo un país de origen, tránsito y retorno de migrantes; es, también, un país destino que recibe a trabajadores internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas. Gente que tiene una historia, al mismo tiempo única y universal, que presentará en entregas mensuales M Semanal: en un territorio desconocido, los que llegan enfrentan todos los días la marginación del gobierno y de la sociedad mexicana. ¿Podemos convivir los unos con los otros?



    El salvadoreño Alexis Hernández, de 22 años, detenido y deportado por agentes del Instituto Nacional de Migración por entrar ilegalmente a México
    El salvadoreño Alexis Hernández, de 22 años, detenido y deportado por agentes del Instituto Nacional de Migración por entrar ilegalmente a México . Foto: Alexandre Meneghini/ AP


    Durante el siglo XX México acogió, entre otros, a miles de exiliados españoles y sudamericanos. Pero en los últimos años más que hospitalidad ha mostrado hostilidad: hoy las personas que llegan al DF enfrentan violaciones a sus derechos humanos, algunas derivadas de la legislación o de prácticas federales pero otras con origen en el quehacer local.

    Según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), menos de uno por ciento de la población de México proviene de otras latitudes. La mayoría de los que llegan son estadunidenses, seguidos por los guatemaltecos, luego los españoles y finalmente algunos cubanos, canadienses, colombianos, argentinos, centroamericanos, asiáticos y europeos. De todos ellos, casi 100 mil viven en el DF, urbe que por su tamaño y complejidad es un gran reto para esta población, rápidamente obligada a adaptarse cuando la mayoría proviene de ciudades o de poblados pequeños. En 2008 la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) entregó al gobierno de la ciudad su “Diagnóstico de Derechos Humanos del Distrito Federal”. En el apartado referente a la migración, el documento señala que lo primero que enfrentan los migrantes internacionales, los refugiados y las víctimas de trata de personas es la marginalización, porque no existen políticas públicas y normatividades específicas para los extranjeros. Su mayor obstáculo es el acceso a los derechos económicos, sociales y culturales, tales como vivienda, alimentación, salud y educación. No pueden acceder a programas sociales del gobierno del DF porque no tienen “credencial de elector” o por ser migrantes irregulares y no acreditar su estancia legal en el país. También sufren obstáculos administrativos y discriminatorios para conseguir empleo. De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional sobre Discriminación, elaborada por el Consejo Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Conapred), 42.1 por ciento de los encuestados no estaría dispuesto a permitir que algún extranjero viviera en su casa. Sólo 1.3 por ciento optaría por un extranjero si tuvieran que escoger entre dos personas igual de capacitadas para un trabajo; 19.6 por ciento jamás contrataría para un empleo a alguien que no haya nacido en México y, paradójicamente, 53.2 por ciento cree que los extranjeros no tienen razones para sentirse discriminados.

    A esto hay que agregar una serie de estereotipos: gringos, gachupines, franchutes… Muchos consideran, por ejemplo, a todos los colombianos como narcos y a los negros, de manera despectiva, como “africanos” y como “delincuentes”. Desde 2008, la migración irregular ya no es un delito en México, pero sí una falta administrativa. Esto evita que se castigue hasta con 10 años de prisión, sin que por ello el país tenga aún una estrategia para fomentar una migración segura y ordenada ni para aprovechar los beneficios de los que llegan: lo que regula esta materia apenas es un apartado en la Ley General de Población. Se trata de una legislación típica del nacionalismo del siglo XX mexicano, que a pesar de la claridad con que la Constitución otorga igualdad jurídica a toda aquella persona que se encuentre en el territorio nacional, y a pesar también de la serie de tratados internacionales ratificados por nuestro país, limita los derechos de los extranjeros: pueden ser expulsados si el Presidente de la República lo considera necesario, restringiéndoseles la libertad de petición, asociación, opinión, ingreso, salida y tránsito, propiedad y cargos públicos. Para acceder a todo esto hay que “ser mexicano de nacimiento” o tener la “ciudadanía mexicana”.

    En paralelo a los datos, los informes y las leyes, los personajes de las historias que a partir de hoy M Semanal ofrecerá de manera mensual a sus lectores, constituyen una muestra representativa de los extranjeros que intentan llegar y vivir en México. Son hombres y mujeres reales que intentan romper el silencio de las estadísticas y cuyos nombres han sido cambiados para proteger su identidad. En estas páginas dejarán de ser personajes invisibles de historias jamás contadas: son los que llegan para quedarse. Para enfrentar nuevos desafíos. Para tratar de integrarse pidiendo respeto para sus diferencias.




    Revisión de migrantes detenidos en la Estación Migratoria  de Tapachula, la más grande de América Latina.
    Revisión de migrantes detenidos en la Estación Migratoria de Tapachula, la más grande de América Latina. Foto: Archivo

    (I) Presidiarios de la migración

    Viaje a las entrañas de la Estación Migratoria más grande de América Latina

    TAPACHULA, Chis.- Aquí adentro están atrapados los mismos problemas de allá afuera, sólo que más apretados. Los que están encerrados en la Estación Migratoria más grande de América Latina son una muestra representativa perfecta de lo que sucede en cualquier rincón de nuestro país. Este es un buen lugar para la melancolía de los que recuerdan su pobreza y marginación. Al mismo tiempo, tienen la certeza de no sentirse solos. Son hombres, mujeres y adolescentes rodeados de otros tantos en situación igual o parecida, que han llegado aquí como después de haber corrido un maratón: cansados, somnolientos, sedientos. Hombres, mujeres y adolescentes que se sienten, además, muy encerrados.

    En las oficinas de la Estación, frescas gracias al aire acondicionado y muy iluminadas por los implacables rayos del sol que dejan pasar las ventanas, gente de la subdirección de Control y Verificación Migratoria comenta aspectos generales: “Algunos migrantes llegan aquí huyendo, porque son perseguidos por los maras. Otros quieren ir a Estados Unidos. La mayoría son centroamericanos. Pero también aseguramos a gente de nacionalidades restringidas que se van al DF, o sea, gente de países como China o Irak. La Estación se acabó de construir en marzo de 2006. Y tenemos tres turnos de empleados para atenderla. Las instalaciones se dividen en tres secciones: hombres mayores de 18 años, que siempre son mayoría. Hoy, por ejemplo, tenemos 187. Mujeres y familia. Y jóvenes menores. En todas las secciones hay áreas de dormitorios, equipaje, regaderas, áreas recreativas y comedor. Hay migrantes que tienen estancias de ocho o 10 horas. Y hay quienes están hasta 190 días, y si se amparan tardan más en ser deportados. Varios de los que reingresan se cambian el nombre y dicen que no traen identificación. En la Recepción declaran sus pertenencias, luego les hacen una revisión corporal y en el Módulo de Control, de acuerdo con su nacionalidad, se les asigna dormitorio”.

    “Cocina Industrial es la empresa que hace la comida para los asegurados porque ganó la licitación. Hay empresas de autobuses para el traslado de los migrantes. Pero también hay autobuses propios. Cada autobús se lleva a un mínimo de 25 personas, en donde viaja una persona de Migración por cada 10 asegurados. Son guardias que no portan armas. Hay conducciones diarias a Centroamérica a las cinco de la mañana y los primeros que se van son los guatemaltecos”.

    Al caminar por los desnudos pasillos del interior de la Estación, uno concluye que aquí hay de dos sopas: o se te acaban las ganas de ser migrante o se te recargan las pilas para intentarlo una vez más. Y a lo mejor otra más, hasta lograr establecerte en alguna ciudad de México, o cruzar todo el país y luego el río Bravo y el desierto para llegar a Estados Unidos. La mayoría elige la segunda opción, pero les queda la impresión de que las autoridades mexicanas tienen la finalidad de hacerles la vida imposible.


    Migrantes en un alto para comer en  el municipio de Pijijapa, frontera de Chiapas y Guatemala.
    Migrantes en un alto para comer en el municipio de Pijijapa, frontera de Chiapas y Guatemala. Foto: Luis Lopez/ EFE


    En este lugar las preocupaciones cotidianas no son muy complicadas, pero parecen no tener arreglo: no hay suficiente agua. No tienen colchonetas para dormir. Tampoco cobijas. No hay agua caliente para bañarse. No hay medicamentos para quien los necesita. Tampoco una comida variada. “Siempre huevo. Tres veces al día, poquito huevo... Yo ya hasta voy a poner”, comentará después, con una sonrisa a medias, un muchacho moreno de pantalón de mezclilla, tipo cholo, y de bigote ralo.

    La Estación Migratoria de Tapachula fue presentada por el Instituto Nacional de Migración (INM) como el “proyecto modelo” para enfrentar el fenómeno migratorio en México. Poco antes de ser inaugurada, en marzo de 2006, las autoridades difundieron las ventajas del inmueble: su diseño y construcción, con una inversión de casi 80 millones de pesos, fue consultado con la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Tiene capacidad para casi un millar de personas en estancia temporal y 490 en pernocta, lo que la convierte en efecto en la “Estación Migratoria más grande de América Latina”. Todo, resaltaron, “como una muestra de congruencia con las demandas mexicanas respecto del trato a los connacionales en la frontera norte”.

    Según el INM, estas instalaciones, de 30 mil metros cuadrados, dejan atrás los problemas de hacinamiento presentados en algunas de las 48 estaciones de otros lugares del país, y se caracterizan por ser “antivandálicas”, pues “se ha de evitar en lo posible la destrucción que muchos migrantes cometen para desahogar su estado anímico y que implica no sólo un alto costo de mantenimiento, sino también el riesgo por la utilización del material para improvisar armas”.

    ¿Igual que un reclusorio? “No —se apresuró a matizar María Eugenia Morales, entonces directora de Recursos Materiales del INM—. Para nosotros, los migrantes no son delincuentes y no puede haber trato o instalaciones que hagan sentir que lo son. Es sólo que el estado de depresión o de estrés con que muchos llegan a las estaciones migratorias hace que provoquen destrozos”.

    Sólo la sapiencia popular tiene las cosas claras: “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”.
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    Al entrar al área de hombres hay que enfrentarse a una mezcla de olor a sudor, orines y humedad. Olor que quizá sea también el de la frustración. Y del miedo. Es un aroma agrio que lo inunda todo. El calor se torna más pesado y la humedad pegajosa. Dos, tres tragos de agua, pero la incomodidad no deja de crecer.

    Al fondo hay una cancha de pasto verde para jugar futbol. Ahora luce vacía, pero cuando juegan, el ambiente es parecido al de un mundial: los de Guatemala juegan contra los de El Salvador, los de Cuba contra los de Honduras, los de Ecuador contra los de Brasil, y así logran olvidar por unos momentos sus penas. Aquí también hay un buzón de acrílico que el personal de la Estación ha destinado para las quejas y sugerencias de los asegurados, pero está roto y no tiene papel ni pluma. Hay carteles del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (COMAR) y de algunos consulados centroamericanos que explican cómo solicitar asilo, y los números telefónicos donde dan más información al respecto.


    Un migrante centroamericano detenido por la Patrulla Fronteriza estadunidense en la frontera de Laredo, Texas.
    Un migrante centroamericano detenido por la Patrulla Fronteriza estadunidense en la frontera de Laredo, Texas. Foto: Khampha Bouphanh/ AP


    Los nueve teléfonos públicos pueden usarlos sólo quienes compren una tarjeta en la tienda de la Estación. Pero Miguel no tiene dinero y no ha podido comunicarse con los suyos. Ya sólo espera que lo deporten a Perú para volver a ver a su familia, aunque él quisiera llegar a Estados Unidos, como lo tenía planeado. O quedarse a trabajar en México. “He oído que es muy bonito”, dice este hombre moreno, flaco, de baja estatura y 30 años, mientras ensaya una sonrisa. En Perú contactó a un pollero y le pagó cinco mil dólares para que lo llevara hasta Arizona. De Lima voló a ciudad de Panamá y de ahí se fue en autobús hasta Guatemala. Luego, hace 20 días, se subió a un tráiler junto a otras 167 personas, pero al entrar a México un retén los descubrió y los trajo aquí, donde todos los días come lo mismo y duerme a ras de suelo porque las camas de su dormitorio están llenas. A pesar de todo lo que ha sufrido en su travesía, dice que lo intentará una vez más.

    Luis, hondureño, 18 años, estatura media, delgado, pelo corto y negro, no puede fingir tranquilidad, simplemente porque está lejos de sentirla. Hace un año él y su padre salieron de Tegucigalpa. Llegaron a la Ciudad de México a bordo del tren de carga y unos hombres se les acercaron para ofrecerles trabajo.

    Aceptaron ser albañiles porque necesitaban dinero para ir a Estados Unidos. Empezaron la construcción de unos edificios en Iztapalapa y después de unos meses de ahorrar decidieron reanudar el viaje. El destino final sería Los Ángeles, California. Contrataron al coyote, pero en Nuevo Laredo, Tamaulipas, los detuvo la policía. Primero los enviaron a la Estación Migratoria del Distrito Federal. Después de seis días de permanecer allí les avisaron que los trasladarían a Tapachula, para luego deportarlos. Por eso la frustración y la tristeza no los deja en paz.

    Lo comprende perfectamente Rafael, ecuatoriano, 39 años, quien trabajaba en una compañía que comercializaba recipientes de plástico, con un sueldo insuficiente para sacar adelante a su esposa y a sus tres hijos. Por eso se propuso llegar a Los Ángeles, donde tiene tíos y primos. Pero la suerte no estuvo a su favor. Acababa de entrar a Chiapas cuando tres agentes lo detuvieron. Como no tenía los dos mil pesos que le pedían para dejarlo ir, lo trajeron a esta Estación. No le importa que lo deporten. También lo volverá a intentar.
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    La tendencia es agruparse por país de origen. Hoy, el grupo más numeroso es el de los cubanos. Son 30 y salieron hace casi tres meses de la isla. Ellos mismos construyeron dos barcazas, pero a los dos días empezaron a naufragar y un yate turístico los rescató para luego entregarlos a un barco de la Marina Armada de México. Primero los llevaron a la Estación Migratoria de Mérida, Yucatán. Después de 57 días los trasladaron aquí, a Tapachula. Sus rostros exhiben una mezcla de tedio y desesperación. También de angustia, como Yoniel, un muchacho de 20 años que viajó con su esposa y su hija, que ahora tiene cuatro meses. Cuando salieron de Cuba la nena tenía apenas 17 días de nacida.

    Hace una semana la niña se enfermó de gripa. Por fortuna, ese día el médico de la Estación estaba en su consultorio y la revisó. Le recetó un medicamento que no funcionó. Un guardia dijo que lo mejor sería llevar a la niña a otro lugar, y se la arrebató de los abrazos a la madre. Ella empezó a llorar y tuvo un ataque de histeria, dijo que haría huelga de hambre hasta que se la devolvieran y aumentó la intensidad de sus gritos; se la devolvieron y la niña ya está mucho mejor. Jorge dice que él y sus compañeros son perseguidos políticos y que, por el momento, han logrado ampararse para que no los deporten. Niega algún contacto con organizaciones traficantes de cubanos o asociaciones de Miami. “Decidimos abandonar la isla porque ya no es posible vivir ahí. No hay libertad de nada, de nada”, expresa mientras algunos de sus compañeros que lo rodean asienten con la cabeza.

    México se ha convertido en la “ruta alternativa” para los cubanos que quieren llegar a Estados Unidos. Según el Centro de Estudios de las Migraciones Internacionales de la Universidad de La Habana, la inmigración no controlada de cubanos a México sigue creciendo, desde 2003, a una tasa de 134 por ciento anual. Esto significa que desde entonces a la fecha han ingresado casi 14 mil cubanos a México, burlando los controles migratorios. La mayoría lo hacen guiados por polleros que les cobran alrededor de 10 mil dólares por persona.

    Pero los 30 cubanos que permanecen ahora en la Estación Migratoria de Tapachula no quieren saber de cifras o de acuerdos migratorios. Para ellos, lo más importante es que les permitan salir para continuar su viaje hacia la frontera. Quieren abandonar los dormitorios en donde cada noche los encierran con un estruendo metálico. Quieren agua suficiente para beber durante el día, personal médico y psicológico, una doctora que atienda sólo a las mujeres, una trabajadora social y que no les vendan tan caras las cosas en la tienda de la Estación. Quieren, en suma, dejar atrás esto que consideran “una cárcel.”
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    El balón pasa de unas manos a otras. Dos equipos se enfrentan en un partido de básquetbol mientras otros los observan y se van turnando para tomar agua de un garrafón. Sólo hay un vaso de plástico desechable y todos beben de él. En total son 29 adolescentes, entre los 12 y 17 años de edad, que se han quitado las camisetas y sudan bajo los rayos del sol. Los muros que rodean la cancha son tan altos que sólo permiten ver el cielo.

    Los miembros de este grupo de 29 nacieron en tres países de Centroamérica: Guatemala, El Salvador y Honduras. Y en uno de Sudamérica: Ecuador. La mayoría la forman los guatemaltecos, como José, 15 años y ojos pizpiretos, quien dice que es la primera vez que intenta llegar a Estados Unidos. Hace cinco años, cuando sus padres se separaron, a José dejó de gustarle la escuela. Su madre no quería que dejara de estudiar, pero él insistió. Logró terminar la primaria y empezó a trabajar en el campo. Le pagaban 30 quetzales diarios, pero la mitad de ese dinero se la daba a su madre y con la otra mitad no podía comparar todo lo que quería. Desde la separación, su padre se había ido a trabajar a Carolina del Sur. Un día José le dijo por teléfono que quería irse a trabajar con él. “¿Estás seguro? Acá hay que trabajar mucho”, le contestó. Unas semanas después le envió a José cuatro mil dólares para que pagara el coyote. A él y a sus compañeros los subieron a un tráiler para entrar a México y así llegaron hasta Guadalajara, donde los capturaron.

    Muy cerca de José está Daniel, un salvadoreño de 17 años que buscaba llegar a San Luis Potosí. Su intención era trabajar en cualquier cosa y así juntar dinero para luego cruzar hacia Estados Unidos, a Houston tal vez, donde vive uno de sus tíos. Esta es la segunda vez que lo intenta, pero sólo pudo llegar hasta Veracruz. “Lo voy a hacer otra vez… hasta que pueda”, dice con la mirada clavada en el piso. No emprendió el viaje solo, sino en compañía de su hermano mayor, quien también fue detenido y está aquí en la Estación Migratoria, en el área de hombres.

    De El Salvador también es Pedro, pero su historia es más complicada. Hace dos años tuvo “buena suerte” y pudo llegar a Estados Unidos. Empezó a trabajar en una tienda de abarrotes de Nueva York y comenzó a mandarle algunos dólares a su madre. Una noche de fiesta se peleó a golpes con un hondureño. Cuando él iba ganando llegó la policía y lo detuvo. Lo sentenciaron a un año en la cárcel para menores de Nueva York. A los 10 meses lo trasladaron a un centro de detención migratoria de Houston, Texas. Dos meses después lo deportaron. Aunque temeroso de ser encerrado de nuevo, enseguida emprendió el regreso. Necesitaba trabajar. Pero los agentes migratorios mexicanos lo detuvieron en Tenosique, Tabasco, y sus planes se estropearon.
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    Un grupo de cubanos, detenido por la Marina Armada de México en diciembre de 2008, es transportado a la Estación Migratoria de Tapachula.
    Un grupo de cubanos, detenido por la Marina Armada de México en diciembre de 2008, es transportado a la Estación Migratoria de Tapachula. Foto: Marco Polo Guzmán/ Cuartoscuro


    Hay aquí 28 mujeres que escuchan reguetón. Algunas improvisan pasos de baile. Otras se peinan. La mayoría conversa o está al pendiente de sus hijos. La zona de mujeres y familias en la Estación Migratoria de Tapachula parece más amigable que el resto de las instalaciones. Un pasillo largo, ancho y muy iluminado separa dos hileras de habitaciones medianas. Abundan las sonrisas que intentan eclipsar historias difíciles. El Fondo de Población de Naciones Unidas estima que a escala mundial existen alrededor de 100 millones de mujeres migrantes. Algunas migran en calidad de “dependiente económico” de sus esposos o de alguno de sus familiares. Pero también hay mujeres migrantes que buscan trabajo para sostener a sus familias a través del envío de remesas a sus países de origen.

    Esto último pensaba hacer Tania, hondureña, de 32 años. Dice que en Tegucigalpa el futuro no le prometía nada bueno. Tiene dos hijos que ha dejado encargados a su madre para poder irse a trabajar a Estados Unidos. “Ser madre soltera es muy duro, usté no sabe…”, suelta mientras mira hacia el techo. Tiene el pelo teñido de rojo furioso y las uñas largas de color azul. Sus manos morenas llenas de anillos no paran de moverse. Tania comienza a hablar y es difícil detenerla. Salta de un tema a otro, como si su mente fuera más rápida que sus palabras, como si al hablar disminuyera su pesar. Cuenta que tiene un niño de seis años y una niña de cuatro. “Lo más difícil fue ver sus caritas de angustia cuando los dejé… pero tenía que hacerlo. No encontraba trabajo y pedí dinero prestado para poder venirme. Y ya me ve aquí: nos agarraron a mí y a otras 10 personas en Tapachula. No nos maltrataron, es cierto. Y aquí uno está más o menos. Lo malo es que estoy llame y llame al consulado de Honduras y nadie contesta”, dice.

    Más preocupada está Claudia. Es cubana, tiene 28 años, un hijo de siete, el deseo de trabajar en Miami, donde vive su hermana, y posee una tristeza declarada que sólo frena por momentos la sonrisa y los besos de su hijo. A ambos los detuvieron hace cuatro días en Veracruz. Habían salido de Cuba en avión hacia Costa Rica. Claudia le había pedido a un tico que se casara con ella para poder irse de su país. Y lo consiguió. De Costa Rica, ella y su hijo se fueron en autobús a Nicaragua y ahí perdieron sus pasaportes. Aun así pudieron continuar el viaje a México. Asegura que nadie la ha guiado en el trayecto. “Yo y mi hijo nomás, preguntando y preguntando”. Dice que aquí en la Estación un hombre le ofreció un pase de salida a cambio de mil 500 dólares. “Pero ¿de dónde saco tanto?”. De momento hay algo que la tiene bastante más estresada. “Estoy en mi menstruación y aquí no hay toallas sanitarias”.
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    La mayoría de las personas que se encuentran aquí se han resignado a migrar como parte de su destino. En sus países de origen todos conocen a alguien que ya se fue o que quiere irse y muchos se han esforzado por juntar dinero para luego confiarle sus vidas a un pollero. O para aventurarse por cuenta propia. Han escuchado historias llenas de dificultades, pero no pierden la esperanza de que a ellos les vaya mejor, de que en la carrera que emprendan obtengan alguna medalla. Saben que tarde o temprano acabaran acostumbrándose a llenar vacíos con fotos y remesas.

    Así es una historia tras otra. Historias de desarraigo y del inicio de nuevas vidas que pretenden crecer a la distancia de familiares y amigos, pero, también, a la distancia de la pobreza y de la inseguridad. Buscan ganar unos cuantos dólares para enviar a sus familias y construir una casa, pagar la operación de alguien, comprar determinadas cosas, ayudar a pavimentar las calles de sus pueblos o arreglar la iglesia. A la recepción de la Estación Migratoria de Tapachula acaba de llegar otro grupo de jóvenes migrantes. Se oye un coctel de voces, gritos, alguna carcajada, muchos suspiros por el calor asfixiante y la pena. Los guardias les revisan sus mochilas y les piden que declaren sus pertenencias. Luego los recargan en la pared y los abren de pies y manos para registrar sus ropas y sus cuerpos. Enseguida los pasan al Módulo de Control para que les asignen el área en donde permanecerán.

    Y mientras usted ha leído esto, otros continúan llegando.

    Víctor Núñez Jaime