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lunes, 25 de abril de 2011


Arizona: la lucha continúa

La República

01 de agosto de 2010

La Ley de Inmigración más dura en la historia de los Estados Unidos entró en vigencia de forma parcial el jueves pasado. El fallo de una jueza federal bloqueó la aplicación de sus disposiciones más polémicas. Si bien esta tregua puede ser considerada un éxito en la lucha de los extranjeros indocumentados, todavía está pendiente el debate en el ámbito judicial. Aquí los efectos de la norma que polarizó al país. 

Por Almudena Tiral/ Ghiovani Hinojosa

“A todos esos que nos odian nomás por nuestro color, que Dios los perdone. Para mí esa jueza (Susan Bolton) es una bendición”, dijo la inmigrante Consuelo Quesada al diario virtual “La Opinión”. Ella fue la única de su familia que decidió quedarse en Arizona a pesar de las amenazas que se ciernen en ese estado para los extranjeros. Sus 15 parientes indocumentados prefirieron viajar a Colorado. “Yo no lo hice por mis hijos”, explicó. Ellos tienen doble ciudadanía, es decir, un promisorio futuro legal. Pero, en medio de la tensión que supone sobrevivir en la clandestinidad, Consuelo recibió una grata noticia el miércoles pasado. La jueza federal Susan Bolton ordenó que la Ley de Inmigración de Arizona –la más intransigente en la historia de los Estados Unidos– entrara en vigencia sin sus disposiciones más polémicas. En otras palabras, Bolton bloqueó la norma.

Las principales partes de la ley que quedaron inaplicables son: la autorización a los policías de revisar la condición migratoria de personas “sospechosas” y detenidas por alguna razón, la obligación a los inmigrantes de portar documentos que acrediten su estatus de residentes legales y la prohibición a los extranjeros indocumentados de solicitar empleo en lugares públicos. Sí pasaron el filtro de la jueza Bolton la disposición que prohíbe a los conductores estadounidenses detener sus vehículos para recoger a trabajadores ilegales y la penalización del hecho de alentar a un inmigrante ilegal a vivir en Arizona. La gobernadora del estado, Jan Brewer, ha anunciado que apelará el fallo judicial. La Casa Blanca, por su lado, ha saludado la decisión de Susan Bolton. Así se inicia un largo debate judicial que determinará la validez y aplicación de la ley. Pero los inmigrantes no dejan de estar en guardia, saben que hay un fuerte aparato social y político que hará todo lo posible por arrimarlos a la frontera.

Efectos a nivel nacional 
Katherine Vargas, del Foro Nacional de Inmigración de Estados Unidos, afirma que actualmente en el país hay 22 estados en los cuales se está intentando aprobar legislaciones migratorias conservadoras como la de Arizona. Algunas iniciativas locales están difundiendo terror en la comunidad inmigrante y sentando precedente para otras municipalidades en las que se registran reacciones extremistas. Dos ejemplos son Fremont, Nebraska, donde se aprobó en junio una prohibición de vender o alquilar inmuebles a indocumentados, y Salt Lake City, Utah, donde recientemente circuló una lista de 1,300 “inmigrantes ilegales” con fechas de nacimiento, teléfonos y direcciones.

El Departamento de Justicia estadounidense ha presentado una denuncia contra Arizona para invalidar la ley estatal, declarándola inconstitucional por entrometerse en las competencias federales. Luego del fallo de la jueza Susan Bolton, este proceso será el que resuelva el caso. La iniciativa vino después de que más de 30 jurisdicciones a nivel nacional pasaran resoluciones para condenar la SB1070 –como se conoce técnicamente a la Ley de Arizona–, se unieran a un boicot económico al estado liderado por Los Ángeles e instituyeran prohibiciones de viaje a su territorio. Los alcaldes del país (entre ellos Michael Bloomberg, de Nueva York) se opusieron fervientemente a la legislación en una reciente conferencia anual. Tampoco parece que el torneo de béisbol All-Star Game, que en 2011 debía jugarse en Arizona, vaya a poder realizarse en el estado. “Todos estos pedacitos (del país) están manteniendo vivo el debate migratorio”, afirma Vargas.

Obama ha criticado la controversial ley públicamente y, en el discurso sobre inmigración que dio el 1º de julio, afirmó que “el sistema (de inmigración) está roto y todo el mundo lo sabe”. Muchos le piden acción en vez de palabras. Pero desgastado por una difícil reforma sanitaria y constreñido por el ciclo electoral (las legislativas son en noviembre), todos los pronósticos apuntan a que el presidente no podrá meterle mano a la reforma migratoria hasta el próximo año. 

Efectos en Arizona
Aunque no hay datos oficiales, hay evidencia de que muchas familias inmigrantes se han marchado de Arizona a otros estados o de vuelta a sus países. Petra Falcón, directora ejecutiva de Promise Arizona (PAZ), dice que ella ha visto a un número considerable de familias de su comunidad partir, y que se tendrá un mejor conocimiento de la magnitud del éxodo en agosto, cuando el tiempo escolar comience y se vea cuántos niños no regresaron de ‘las vacaciones’. 

PAZ comenzó su labor hace pocos meses, antes de que se supiera de la ley, con la intención de sensibilizar a los latinos en el estado de su fuerza como votantes. Pero ahora el rol de la organización se ha magnificado. Llevan desde abril organizando una vigilia diaria masiva frente al Capitolio de Phoenix, ciudad principal de Arizona, de 5 am a 10 pm. La vigilia se ha convertido en centro comunitario para inmigrantes en apuro que vienen aquí en busca de compañía, comida, consejo o un hombro en el que llorar. Pero el miércoles pasado, cuando se conoció el fallo de la jueza Bolton, fue el escenario de abrazos y besos con calor latino.

Felipa (apellido oculto por estado migratorio) se gana la vida recogiendo botellas de plástico y latas de Coca-Cola en las calles de Phoenix. Recuerda que una mañana recibió la llamada de su esposo diciendo que la fábrica donde trabajaba estaba rodeada de sheriffs. Una redada lo llevó junto a otros treinta hombres a una cárcel local. Tras ser deportado a México, volvió a su natal Michoacán, que no había visto en ocho años. “Al principio él me decía que quería que volviese con los niños para empezar una vida allí de nuevo”, cuenta Felipa. Tres semanas después, él afirma haber visto tal nivel de desempleo y delincuencia en Michoacán que no puede imaginar a su familia en ese entorno. No saben aún qué harán. Por el momento, una sabia decisión de la jueza Susan Bolton les ha dado un momento de tranquilidad. 

Ilegales en arizona

Según Pew Hispanic Center, los hispanos representan el 4.2% de la población del país. En Arizona son el 30%: aproximadamente dos millones de personas, 10,000 peruanos. Se estima que 500,000 inmigrantes (de ellos 4,500 peruanos) son indocumentados y por lo tanto se verían directamente afectados por la SB1070. Según el New York Times, el trozo de frontera en Arizona es por el que cruzan más inmigrantes desde México. 

LA LEY DE ARIZONA (SB1070)
•¿Cuándo? Se firmó el 23 de abril. Entró en vigor el 29 de julio, un día después de que la jueza Susan Bolton bloqueara sus principales disposiciones.

•¿Qué? Criminaliza el permanecer en el estado sin documentación legal. Requiere y permite que los policías locales y estatales pidan documentos de inmigración y arresten a cualquier persona de la que se tenga “razonable sospecha” de estar en el país ilegalmente. Está pendiente de discusión judicial. 

•Implicaciones: Discriminación racial. Creación de un estado policial. Mal uso de recursos. El embajador de EEUU en México, entre otros, la ha calificado de “apartheid” y “violación de derechos civiles”.

martes, 29 de marzo de 2011


'Redadas silenciosas' ponen presión sobre inmigrantes indocumentados en EE.UU.

Por Miriam Jordan 
 
Jaime López ganaba US$14 por hora, más prestaciones, como empleado de mantenimiento en un edificio de oficinas en las afueras de Mineápolis. Entonces, su empleador fue auditado por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés), y López, junto con otros 1.200 inmigrantes indocumentados en las Ciudades Gemelas (Mineápolis y St. Paul), perdió su empleo en octubre de 2009.

Hoy, el inmigrante indocumentado oriundo de México, de 30 años, dice que está teniendo problemas en poner US$500 al mes sobre la mesa con trabajos ocasionales, con frecuencia trabajando por menos del salario mínimo por hora del estado de Minnesota.

Los detractores de las políticas de inmigración estadounidenses, a la izquierda y a la derecha del espectro político, se oponen a estas llamadas "redadas silenciosas" del gobierno del presidente Barack Obama. Dicen que, de hecho, desvían los trabajadores inmigrantes indocumentados con empleos relativamente bien pagos a la economía subterránea. Los conservadores preferirían deportar a los inmigrantes, mientras que otros piden una senda a la ciudadanía estadounidense.

Javier Morillo, presidente del local 26 del Sindicato Internacional de Empleados de Servicios (SEIU) en las Ciudades Gemelas, el cual representaba a López, dijo: "Uno esta sacando a personas trabajadoras de empleos que pagan bien y moviéndolos a empleos en los que son explotados".

El representante republicano Lamar Smith, de Texas, uno de los principales enemigos de la inmigración ilegal, dijo que "las auditorías no son un gran disuasivo" de la inmigración ilegal, porque los trabajadores "simplemente salen a la calle y consiguen otro empleo".

En abril de 2009, el gobierno de Obama orientó el foco de la fiscalización de las leyes en el ámbito laboral de arrestar trabajadores indocumentados a poner presión sobre los empleadores. La estrategia representó el final de la política de la era de Bush de llevar a cabo redadas de alto perfil en sitios de trabajo, durante los cuales se arrestaban inmigrantes indocumentados para su deportación.

Las redadas silenciosas han afectado a miles de empresas, principalmente en los sectores de restaurantes, agricultura y mantenimiento de edificios. Los agentes del ICE recogen y revisan los archivos de contratación de personal, en general los formularios I-9 que verifican la elegibilidad para trabajar en compañías estadounidenses. Las compañías con trabajadores no autorizados pueden encarar el procesamiento civil y penal.

En meses recientes, las auditorías han golpeado las operaciones en Minnesota de dos compañías nacionales, Chipotle Mexican Grill, una cadena de burritos de rápido crecimiento, y Harvard Maintenance, una empresa de servicios de conserjería y mantenimiento. Juntas, despidieron a casi 1.000 trabajadores.

En total, hay en curso más de 1.000 auditorías en todo el país, según el ICE. "La mayoría de las compañías no son conocidas por el público general, pero está ocurriendo auditorías en cantidades récord", dijo un funcionario del ICE.

A mediados de 2009, el gobierno notificó al empleador de López, la empresa de servicios de conserjería ABM Industries Inc., con sede en Nueva York, que una auditoría de sus formularios de elegibilidad de trabajadores en Minnesota había revelado más de 1.000 empleados con documentos sospechosos, según el SEIU.

Entre ellos estaba López, quien había cruzado la frontera en 2002 y se había radicado en la zona de las Ciudades Gemelas, donde había escuchado que abundaban los empleos. Comenzó a trabajar como limpiador de oficinas en el turno nocturno, ganando US$10,25 por hora, con prestaciones y afiliación al SEIU. En 2005, fue promovido a un cargo de mantenimiento, encargándose desde reparaciones de alumbrado hasta la operación de equipos durante horas comerciales. Ganaba US$14 por hora.
"Era un área muy buena y estable para trabajar", recordó. "Me trataban bien".

Entretanto, se casó y tuvo dos hijos. Pagó US$2.500 por una furgoneta Plymouth azul modelo 1997. Tras su ascenso, solicitó una hipoteca por una casa de dos habitaciones de US$185.000, que remodeló. Se inscribió en clases de inglés en un instituto local.

En el otoño boreal de 2009, el SEIU notificó a él y muchos colegas que ABM había sido auditada y que quienes no podían demostrar que tenían derecho a trabajar en EE.UU. perderían sus puestos de trabajo.
"ICE determinó que ciertos trabajadores proveyeron lo que ellos calificaron de documentación sospechosa", dijo ABM en respuesta a preguntas sobre la auditoría. "En ese momento, en vez de proveer documentación diferente, algunos trabajadores pueden haber optado por dejar su empleo con la compañía". ABM añadió que todos los empleados fueron reemplazados "bajo los términos de un acuerdo de negociación colectiva".
Morillo, el líder sindical, dijo que la mayoría de los trabajadores se mantuvo en la zona y comenzó a buscar otros empleos. Una encuesta informal del SEIU entre 200 trabajadores despedidos por ABM mostró que solo 6% estudiaba seriamente volver a sus países de origen. Entre todos, tenían 760 hijos que son ciudadanos de EE.UU.

López consiguió trabajo a US$6 por hora para limpiar una taberna, hasta que el jefe encontró a alguien más barato con quien reemplazarlo. Trabajó por tiempo parcial en una pizzería, que cerró. Esporádicamente ha paseado un perro y hecho mandados para un hombre mayor. "Haré cualquier trabajo honesto", dijo.

Para seguir a flote, volvió a hipotecar su casa con ayuda del sindicato. Pero no pagó la cuota del mes pasado. Ha visto amigos perder sus casas, dijo. Como López, pocos se han ido del estado o del país.

Esta semana, consiguió un trabajo de limpieza por un mes en una fábrica por US$8 la hora. "Estoy aliviado de tener algo", dijo durante un recreo.

lunes, 24 de enero de 2011


El FBI interroga a sus anchas a los inmigrantes en territorio de México


LOS PAPELES DEL DEPARTAMENTO DE ESTADO

Calderón autorizó a los agentes a seguir la pista del terrorismo internacional

JUAN JESÚS AZNÁREZ - Madrid - 
24/01/2011
Fuente: El País de España
Un país tan reacio a la intervención exterior en sus asuntos internos como México permite que agentes del FBI interroguen dentro de su territorio a miles de inmigrantes indocumentados detenidos, en su mayoría centroamericanos, para detectar a potenciales terroristas que pretendan atentar en Estados Unidos, según documentos diplomáticos filtrados por Wikileaks a EL PAÍS, que reflejan también la corrupción dentro de unas fuerzas de seguridad penetradas por el crimen organizado
El Gobierno de Felipe Calderón permite que la policía norteamericana interrogue directamente a miles de indocumentados detenidos en México, según los documentos confidenciales del Departamento de Estado filtrados por Wikileaks. Los sin papelesatraviesan el país rumbo a la frontera con Estados Unidos: 3.326 kilómetros de divisoria y diarias entradas ilegales dirigidas por los contrabandistas de personas, los coyotes.

México es un país muy nacionalista donde laintervención de terceros causa fricciones políticas y sociales, pero los cables de los diplomáticos norteamericanos revelan que el CISEN (Centro de Investigación y Seguridad Nacional) autorizó que los indocumentados fueran interrogados por el FBI y otras agencias de seguridad a requerimiento de las autoridades norteamericanas, obsesionadas con la posibilidad de que el terrorismo internacional aproveche la porosidad de la frontera para atacar EE UU.

Los sin papeles detenidos son recluidos en centros de detención de inmigrantes antes de su puesta en libertad o deportación a sus países de origen, mayoritariamente en América Central, pero también de otras muchas nacionalidades. Según los documentos, los cuerpos de seguridad norteamericanos implicados en la lucha antiterrorista consideran anárquico el funcionamiento de los servicios de inteligencia mexicanos y se muestran irritados por la corrupción institucional. "En lugar de concentrar a los detenidos [inmigrantes indocumentados] en una instalación cerca de la capital, las autoridades migratorias detienen y liberan a los detenidos en el mismo lugar donde los encontraron", lamenta la embajada en un informe enviado al subdirector del FBI (Oficina Federal de Investigación), John S. Pistole, poco antes de su viaje a México en 2008.

No cita el cable el motivo de buena parte de las detenciones: la extorsión de los indocumentados, liberados a cambio de pagos en efectivo o en especie. Las quejas norteamericanas sobre irresponsabilidad policial tuvieron su efecto. "El CISEN, que es nuestro principal interlocutor en la lucha antiterrorista, ha permitido a funcionarios del Gobierno de EE UU entrevistar a los extranjeros detenidos en los diferentes centros de detención desplegados por todo el país para recabar potencial información sobre terrorismo". EE UU considera que la extensión de su frontera sur con México y el escaso control policial ejercido por la policía mexicana sobre el intenso cruce de personas y mercancías lo convierte en un país adecuado para los grupos terroristas dispuestos a lanzar un ataque contra su territorio.

"Un caos rampante, la generalizada corrupción y la incapacidad del Gobierno para combatir esos fenómenos han sido percibidos como unas preocupantes amenazas por quienes buscan en nuestra frontera sur signos de potencial infiltración terrorista", comunica la embajada al subdirector del FBI. El presidente Calderón, según se precisa, está tomando medidas contra ese desorden, con el despliegue de 40.000 soldados, entre otras medidas, pero su Gobierno "tiene otra mirada" respecto a los asuntos de seguridad que interesan a EE UU. Su ofensiva contra el delito organizado desencadenó "violentas luchas dentro de los carteles, así como ataques a los cuerpos de seguridad y un número récord de muertes relacionadas con el narcotráfico". Más de 15.000 personas perdieron la vida el pasado año en muertes relacionadas con el narcotráfico, casi el doble que en 2009; y entre 2006 y 2009 los diferentes cuerpos policiales detuvieron a 99.115 personas en su cruzada contra las drogas.

El embajador en México, Carlos Pascual, alertó sobre el pobre aprovechamiento de los servicios de inteligencia mexicanos, en un informe de noviembre de 2009 remitido al Departamento de Estado. Cita la desconfianza, los celos y la rivalidad entre los diferentes aparatos de inteligencia nacionales como sus principales vicios. No es la primera vez que la legación diplomática denuncia esa descoordinación pero en esta ocasión constata la falta de interés de altos funcionarios en su erradicación: "En una reciente entrevista con funcionarios de la embajada, el secretario [ministro] de Defensa, Guillermo Galván, demostró escaso interés en reforzar la cooperación con otras agencias".

Para EE UU es fundamental aunar esfuerzos, pero a la espera de que así sea, pide a México acelerar el paso contra la corrupción y propone la creación de una policía interna para descubrir a los agentes vendidos al delito, y la utilización del polígrafo en las unidades policiales con información y misiones de envergadura. La situación es alarmante, puesto que la mafia esquiva frecuentemente a la miríada de organismos que participan en la lucha contra el narcotráfico, entre ellos la Secretaría de Defensa y la Marina, el CISEN y la Secretaría de Seguridad Pública (Ministerio del Interior) junto a la Procuraduría General de la República (Fiscalía General) y la Policía Federal. Los 31 Estados de la República y el Distrito Federal, sede de la capital, también cuentan con servicios policiales y de información propios.

Por definición, el CISEN debiera auxiliar, coordinar tareas y procesar la información de otras agencias, pero carece de la capacidad para hacerlo, al toparse con los militares. Sin el liderazgo del CISEN, que pugna por conseguirlo, los servicios de inteligencia que persiguen a narcotraficantes, secuestradores, traficantes de armas, personas y dinero rinden cuentan a sus propios jefes, que administran la información a conveniencia o la subastan. Los carteles atrincherados en Chihuahua, Sinaloa y Tamaulipas son especialmente violentos y utilizan cualquier medio para conservar sus feudos.

Tres meses después del envío al Departamento de Estado del informe diplomático sobre el anárquico funcionamiento de los servicios de inteligencia, Calderón solicitó ayuda a la secretaria de Seguridad Interior norteamericana, Janet Napolitano, para poner orden en Ciudad Juárez, con un millón y medio de habitantes, ciudad fronteriza convertida en emblema del delito. Concretamente pidió la entrada en liza del Centro de Inteligencia de El Paso (EPIC), población norteamericana situada frente a Ciudad Juárez, al otro lado del río Bravo.

martes, 26 de octubre de 2010


Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas

Los que llegan

México no es sólo un país de origen, tránsito y retorno de migrantes; es, también, un país destino que recibe a trabajadores internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas. Gente que tiene una historia, al mismo tiempo única y universal, que presentará en entregas mensuales M Semanal: en un territorio desconocido, los que llegan enfrentan todos los días la marginación del gobierno y de la sociedad mexicana. ¿Podemos convivir los unos con los otros?



El salvadoreño Alexis Hernández, de 22 años, detenido y deportado por agentes del Instituto Nacional de Migración por entrar ilegalmente a México
El salvadoreño Alexis Hernández, de 22 años, detenido y deportado por agentes del Instituto Nacional de Migración por entrar ilegalmente a México . Foto: Alexandre Meneghini/ AP


Durante el siglo XX México acogió, entre otros, a miles de exiliados españoles y sudamericanos. Pero en los últimos años más que hospitalidad ha mostrado hostilidad: hoy las personas que llegan al DF enfrentan violaciones a sus derechos humanos, algunas derivadas de la legislación o de prácticas federales pero otras con origen en el quehacer local.

Según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), menos de uno por ciento de la población de México proviene de otras latitudes. La mayoría de los que llegan son estadunidenses, seguidos por los guatemaltecos, luego los españoles y finalmente algunos cubanos, canadienses, colombianos, argentinos, centroamericanos, asiáticos y europeos. De todos ellos, casi 100 mil viven en el DF, urbe que por su tamaño y complejidad es un gran reto para esta población, rápidamente obligada a adaptarse cuando la mayoría proviene de ciudades o de poblados pequeños. En 2008 la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) entregó al gobierno de la ciudad su “Diagnóstico de Derechos Humanos del Distrito Federal”. En el apartado referente a la migración, el documento señala que lo primero que enfrentan los migrantes internacionales, los refugiados y las víctimas de trata de personas es la marginalización, porque no existen políticas públicas y normatividades específicas para los extranjeros. Su mayor obstáculo es el acceso a los derechos económicos, sociales y culturales, tales como vivienda, alimentación, salud y educación. No pueden acceder a programas sociales del gobierno del DF porque no tienen “credencial de elector” o por ser migrantes irregulares y no acreditar su estancia legal en el país. También sufren obstáculos administrativos y discriminatorios para conseguir empleo. De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional sobre Discriminación, elaborada por el Consejo Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Conapred), 42.1 por ciento de los encuestados no estaría dispuesto a permitir que algún extranjero viviera en su casa. Sólo 1.3 por ciento optaría por un extranjero si tuvieran que escoger entre dos personas igual de capacitadas para un trabajo; 19.6 por ciento jamás contrataría para un empleo a alguien que no haya nacido en México y, paradójicamente, 53.2 por ciento cree que los extranjeros no tienen razones para sentirse discriminados.

A esto hay que agregar una serie de estereotipos: gringos, gachupines, franchutes… Muchos consideran, por ejemplo, a todos los colombianos como narcos y a los negros, de manera despectiva, como “africanos” y como “delincuentes”. Desde 2008, la migración irregular ya no es un delito en México, pero sí una falta administrativa. Esto evita que se castigue hasta con 10 años de prisión, sin que por ello el país tenga aún una estrategia para fomentar una migración segura y ordenada ni para aprovechar los beneficios de los que llegan: lo que regula esta materia apenas es un apartado en la Ley General de Población. Se trata de una legislación típica del nacionalismo del siglo XX mexicano, que a pesar de la claridad con que la Constitución otorga igualdad jurídica a toda aquella persona que se encuentre en el territorio nacional, y a pesar también de la serie de tratados internacionales ratificados por nuestro país, limita los derechos de los extranjeros: pueden ser expulsados si el Presidente de la República lo considera necesario, restringiéndoseles la libertad de petición, asociación, opinión, ingreso, salida y tránsito, propiedad y cargos públicos. Para acceder a todo esto hay que “ser mexicano de nacimiento” o tener la “ciudadanía mexicana”.

En paralelo a los datos, los informes y las leyes, los personajes de las historias que a partir de hoy M Semanal ofrecerá de manera mensual a sus lectores, constituyen una muestra representativa de los extranjeros que intentan llegar y vivir en México. Son hombres y mujeres reales que intentan romper el silencio de las estadísticas y cuyos nombres han sido cambiados para proteger su identidad. En estas páginas dejarán de ser personajes invisibles de historias jamás contadas: son los que llegan para quedarse. Para enfrentar nuevos desafíos. Para tratar de integrarse pidiendo respeto para sus diferencias.




Revisión de migrantes detenidos en la Estación Migratoria  de Tapachula, la más grande de América Latina.
Revisión de migrantes detenidos en la Estación Migratoria de Tapachula, la más grande de América Latina. Foto: Archivo

(I) Presidiarios de la migración

Viaje a las entrañas de la Estación Migratoria más grande de América Latina

TAPACHULA, Chis.- Aquí adentro están atrapados los mismos problemas de allá afuera, sólo que más apretados. Los que están encerrados en la Estación Migratoria más grande de América Latina son una muestra representativa perfecta de lo que sucede en cualquier rincón de nuestro país. Este es un buen lugar para la melancolía de los que recuerdan su pobreza y marginación. Al mismo tiempo, tienen la certeza de no sentirse solos. Son hombres, mujeres y adolescentes rodeados de otros tantos en situación igual o parecida, que han llegado aquí como después de haber corrido un maratón: cansados, somnolientos, sedientos. Hombres, mujeres y adolescentes que se sienten, además, muy encerrados.

En las oficinas de la Estación, frescas gracias al aire acondicionado y muy iluminadas por los implacables rayos del sol que dejan pasar las ventanas, gente de la subdirección de Control y Verificación Migratoria comenta aspectos generales: “Algunos migrantes llegan aquí huyendo, porque son perseguidos por los maras. Otros quieren ir a Estados Unidos. La mayoría son centroamericanos. Pero también aseguramos a gente de nacionalidades restringidas que se van al DF, o sea, gente de países como China o Irak. La Estación se acabó de construir en marzo de 2006. Y tenemos tres turnos de empleados para atenderla. Las instalaciones se dividen en tres secciones: hombres mayores de 18 años, que siempre son mayoría. Hoy, por ejemplo, tenemos 187. Mujeres y familia. Y jóvenes menores. En todas las secciones hay áreas de dormitorios, equipaje, regaderas, áreas recreativas y comedor. Hay migrantes que tienen estancias de ocho o 10 horas. Y hay quienes están hasta 190 días, y si se amparan tardan más en ser deportados. Varios de los que reingresan se cambian el nombre y dicen que no traen identificación. En la Recepción declaran sus pertenencias, luego les hacen una revisión corporal y en el Módulo de Control, de acuerdo con su nacionalidad, se les asigna dormitorio”.

“Cocina Industrial es la empresa que hace la comida para los asegurados porque ganó la licitación. Hay empresas de autobuses para el traslado de los migrantes. Pero también hay autobuses propios. Cada autobús se lleva a un mínimo de 25 personas, en donde viaja una persona de Migración por cada 10 asegurados. Son guardias que no portan armas. Hay conducciones diarias a Centroamérica a las cinco de la mañana y los primeros que se van son los guatemaltecos”.

Al caminar por los desnudos pasillos del interior de la Estación, uno concluye que aquí hay de dos sopas: o se te acaban las ganas de ser migrante o se te recargan las pilas para intentarlo una vez más. Y a lo mejor otra más, hasta lograr establecerte en alguna ciudad de México, o cruzar todo el país y luego el río Bravo y el desierto para llegar a Estados Unidos. La mayoría elige la segunda opción, pero les queda la impresión de que las autoridades mexicanas tienen la finalidad de hacerles la vida imposible.


Migrantes en un alto para comer en  el municipio de Pijijapa, frontera de Chiapas y Guatemala.
Migrantes en un alto para comer en el municipio de Pijijapa, frontera de Chiapas y Guatemala. Foto: Luis Lopez/ EFE


En este lugar las preocupaciones cotidianas no son muy complicadas, pero parecen no tener arreglo: no hay suficiente agua. No tienen colchonetas para dormir. Tampoco cobijas. No hay agua caliente para bañarse. No hay medicamentos para quien los necesita. Tampoco una comida variada. “Siempre huevo. Tres veces al día, poquito huevo... Yo ya hasta voy a poner”, comentará después, con una sonrisa a medias, un muchacho moreno de pantalón de mezclilla, tipo cholo, y de bigote ralo.

La Estación Migratoria de Tapachula fue presentada por el Instituto Nacional de Migración (INM) como el “proyecto modelo” para enfrentar el fenómeno migratorio en México. Poco antes de ser inaugurada, en marzo de 2006, las autoridades difundieron las ventajas del inmueble: su diseño y construcción, con una inversión de casi 80 millones de pesos, fue consultado con la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Tiene capacidad para casi un millar de personas en estancia temporal y 490 en pernocta, lo que la convierte en efecto en la “Estación Migratoria más grande de América Latina”. Todo, resaltaron, “como una muestra de congruencia con las demandas mexicanas respecto del trato a los connacionales en la frontera norte”.

Según el INM, estas instalaciones, de 30 mil metros cuadrados, dejan atrás los problemas de hacinamiento presentados en algunas de las 48 estaciones de otros lugares del país, y se caracterizan por ser “antivandálicas”, pues “se ha de evitar en lo posible la destrucción que muchos migrantes cometen para desahogar su estado anímico y que implica no sólo un alto costo de mantenimiento, sino también el riesgo por la utilización del material para improvisar armas”.

¿Igual que un reclusorio? “No —se apresuró a matizar María Eugenia Morales, entonces directora de Recursos Materiales del INM—. Para nosotros, los migrantes no son delincuentes y no puede haber trato o instalaciones que hagan sentir que lo son. Es sólo que el estado de depresión o de estrés con que muchos llegan a las estaciones migratorias hace que provoquen destrozos”.

Sólo la sapiencia popular tiene las cosas claras: “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”.
• • •
Al entrar al área de hombres hay que enfrentarse a una mezcla de olor a sudor, orines y humedad. Olor que quizá sea también el de la frustración. Y del miedo. Es un aroma agrio que lo inunda todo. El calor se torna más pesado y la humedad pegajosa. Dos, tres tragos de agua, pero la incomodidad no deja de crecer.

Al fondo hay una cancha de pasto verde para jugar futbol. Ahora luce vacía, pero cuando juegan, el ambiente es parecido al de un mundial: los de Guatemala juegan contra los de El Salvador, los de Cuba contra los de Honduras, los de Ecuador contra los de Brasil, y así logran olvidar por unos momentos sus penas. Aquí también hay un buzón de acrílico que el personal de la Estación ha destinado para las quejas y sugerencias de los asegurados, pero está roto y no tiene papel ni pluma. Hay carteles del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (COMAR) y de algunos consulados centroamericanos que explican cómo solicitar asilo, y los números telefónicos donde dan más información al respecto.


Un migrante centroamericano detenido por la Patrulla Fronteriza estadunidense en la frontera de Laredo, Texas.
Un migrante centroamericano detenido por la Patrulla Fronteriza estadunidense en la frontera de Laredo, Texas. Foto: Khampha Bouphanh/ AP


Los nueve teléfonos públicos pueden usarlos sólo quienes compren una tarjeta en la tienda de la Estación. Pero Miguel no tiene dinero y no ha podido comunicarse con los suyos. Ya sólo espera que lo deporten a Perú para volver a ver a su familia, aunque él quisiera llegar a Estados Unidos, como lo tenía planeado. O quedarse a trabajar en México. “He oído que es muy bonito”, dice este hombre moreno, flaco, de baja estatura y 30 años, mientras ensaya una sonrisa. En Perú contactó a un pollero y le pagó cinco mil dólares para que lo llevara hasta Arizona. De Lima voló a ciudad de Panamá y de ahí se fue en autobús hasta Guatemala. Luego, hace 20 días, se subió a un tráiler junto a otras 167 personas, pero al entrar a México un retén los descubrió y los trajo aquí, donde todos los días come lo mismo y duerme a ras de suelo porque las camas de su dormitorio están llenas. A pesar de todo lo que ha sufrido en su travesía, dice que lo intentará una vez más.

Luis, hondureño, 18 años, estatura media, delgado, pelo corto y negro, no puede fingir tranquilidad, simplemente porque está lejos de sentirla. Hace un año él y su padre salieron de Tegucigalpa. Llegaron a la Ciudad de México a bordo del tren de carga y unos hombres se les acercaron para ofrecerles trabajo.

Aceptaron ser albañiles porque necesitaban dinero para ir a Estados Unidos. Empezaron la construcción de unos edificios en Iztapalapa y después de unos meses de ahorrar decidieron reanudar el viaje. El destino final sería Los Ángeles, California. Contrataron al coyote, pero en Nuevo Laredo, Tamaulipas, los detuvo la policía. Primero los enviaron a la Estación Migratoria del Distrito Federal. Después de seis días de permanecer allí les avisaron que los trasladarían a Tapachula, para luego deportarlos. Por eso la frustración y la tristeza no los deja en paz.

Lo comprende perfectamente Rafael, ecuatoriano, 39 años, quien trabajaba en una compañía que comercializaba recipientes de plástico, con un sueldo insuficiente para sacar adelante a su esposa y a sus tres hijos. Por eso se propuso llegar a Los Ángeles, donde tiene tíos y primos. Pero la suerte no estuvo a su favor. Acababa de entrar a Chiapas cuando tres agentes lo detuvieron. Como no tenía los dos mil pesos que le pedían para dejarlo ir, lo trajeron a esta Estación. No le importa que lo deporten. También lo volverá a intentar.
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La tendencia es agruparse por país de origen. Hoy, el grupo más numeroso es el de los cubanos. Son 30 y salieron hace casi tres meses de la isla. Ellos mismos construyeron dos barcazas, pero a los dos días empezaron a naufragar y un yate turístico los rescató para luego entregarlos a un barco de la Marina Armada de México. Primero los llevaron a la Estación Migratoria de Mérida, Yucatán. Después de 57 días los trasladaron aquí, a Tapachula. Sus rostros exhiben una mezcla de tedio y desesperación. También de angustia, como Yoniel, un muchacho de 20 años que viajó con su esposa y su hija, que ahora tiene cuatro meses. Cuando salieron de Cuba la nena tenía apenas 17 días de nacida.

Hace una semana la niña se enfermó de gripa. Por fortuna, ese día el médico de la Estación estaba en su consultorio y la revisó. Le recetó un medicamento que no funcionó. Un guardia dijo que lo mejor sería llevar a la niña a otro lugar, y se la arrebató de los abrazos a la madre. Ella empezó a llorar y tuvo un ataque de histeria, dijo que haría huelga de hambre hasta que se la devolvieran y aumentó la intensidad de sus gritos; se la devolvieron y la niña ya está mucho mejor. Jorge dice que él y sus compañeros son perseguidos políticos y que, por el momento, han logrado ampararse para que no los deporten. Niega algún contacto con organizaciones traficantes de cubanos o asociaciones de Miami. “Decidimos abandonar la isla porque ya no es posible vivir ahí. No hay libertad de nada, de nada”, expresa mientras algunos de sus compañeros que lo rodean asienten con la cabeza.

México se ha convertido en la “ruta alternativa” para los cubanos que quieren llegar a Estados Unidos. Según el Centro de Estudios de las Migraciones Internacionales de la Universidad de La Habana, la inmigración no controlada de cubanos a México sigue creciendo, desde 2003, a una tasa de 134 por ciento anual. Esto significa que desde entonces a la fecha han ingresado casi 14 mil cubanos a México, burlando los controles migratorios. La mayoría lo hacen guiados por polleros que les cobran alrededor de 10 mil dólares por persona.

Pero los 30 cubanos que permanecen ahora en la Estación Migratoria de Tapachula no quieren saber de cifras o de acuerdos migratorios. Para ellos, lo más importante es que les permitan salir para continuar su viaje hacia la frontera. Quieren abandonar los dormitorios en donde cada noche los encierran con un estruendo metálico. Quieren agua suficiente para beber durante el día, personal médico y psicológico, una doctora que atienda sólo a las mujeres, una trabajadora social y que no les vendan tan caras las cosas en la tienda de la Estación. Quieren, en suma, dejar atrás esto que consideran “una cárcel.”
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El balón pasa de unas manos a otras. Dos equipos se enfrentan en un partido de básquetbol mientras otros los observan y se van turnando para tomar agua de un garrafón. Sólo hay un vaso de plástico desechable y todos beben de él. En total son 29 adolescentes, entre los 12 y 17 años de edad, que se han quitado las camisetas y sudan bajo los rayos del sol. Los muros que rodean la cancha son tan altos que sólo permiten ver el cielo.

Los miembros de este grupo de 29 nacieron en tres países de Centroamérica: Guatemala, El Salvador y Honduras. Y en uno de Sudamérica: Ecuador. La mayoría la forman los guatemaltecos, como José, 15 años y ojos pizpiretos, quien dice que es la primera vez que intenta llegar a Estados Unidos. Hace cinco años, cuando sus padres se separaron, a José dejó de gustarle la escuela. Su madre no quería que dejara de estudiar, pero él insistió. Logró terminar la primaria y empezó a trabajar en el campo. Le pagaban 30 quetzales diarios, pero la mitad de ese dinero se la daba a su madre y con la otra mitad no podía comparar todo lo que quería. Desde la separación, su padre se había ido a trabajar a Carolina del Sur. Un día José le dijo por teléfono que quería irse a trabajar con él. “¿Estás seguro? Acá hay que trabajar mucho”, le contestó. Unas semanas después le envió a José cuatro mil dólares para que pagara el coyote. A él y a sus compañeros los subieron a un tráiler para entrar a México y así llegaron hasta Guadalajara, donde los capturaron.

Muy cerca de José está Daniel, un salvadoreño de 17 años que buscaba llegar a San Luis Potosí. Su intención era trabajar en cualquier cosa y así juntar dinero para luego cruzar hacia Estados Unidos, a Houston tal vez, donde vive uno de sus tíos. Esta es la segunda vez que lo intenta, pero sólo pudo llegar hasta Veracruz. “Lo voy a hacer otra vez… hasta que pueda”, dice con la mirada clavada en el piso. No emprendió el viaje solo, sino en compañía de su hermano mayor, quien también fue detenido y está aquí en la Estación Migratoria, en el área de hombres.

De El Salvador también es Pedro, pero su historia es más complicada. Hace dos años tuvo “buena suerte” y pudo llegar a Estados Unidos. Empezó a trabajar en una tienda de abarrotes de Nueva York y comenzó a mandarle algunos dólares a su madre. Una noche de fiesta se peleó a golpes con un hondureño. Cuando él iba ganando llegó la policía y lo detuvo. Lo sentenciaron a un año en la cárcel para menores de Nueva York. A los 10 meses lo trasladaron a un centro de detención migratoria de Houston, Texas. Dos meses después lo deportaron. Aunque temeroso de ser encerrado de nuevo, enseguida emprendió el regreso. Necesitaba trabajar. Pero los agentes migratorios mexicanos lo detuvieron en Tenosique, Tabasco, y sus planes se estropearon.
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Un grupo de cubanos, detenido por la Marina Armada de México en diciembre de 2008, es transportado a la Estación Migratoria de Tapachula.
Un grupo de cubanos, detenido por la Marina Armada de México en diciembre de 2008, es transportado a la Estación Migratoria de Tapachula. Foto: Marco Polo Guzmán/ Cuartoscuro


Hay aquí 28 mujeres que escuchan reguetón. Algunas improvisan pasos de baile. Otras se peinan. La mayoría conversa o está al pendiente de sus hijos. La zona de mujeres y familias en la Estación Migratoria de Tapachula parece más amigable que el resto de las instalaciones. Un pasillo largo, ancho y muy iluminado separa dos hileras de habitaciones medianas. Abundan las sonrisas que intentan eclipsar historias difíciles. El Fondo de Población de Naciones Unidas estima que a escala mundial existen alrededor de 100 millones de mujeres migrantes. Algunas migran en calidad de “dependiente económico” de sus esposos o de alguno de sus familiares. Pero también hay mujeres migrantes que buscan trabajo para sostener a sus familias a través del envío de remesas a sus países de origen.

Esto último pensaba hacer Tania, hondureña, de 32 años. Dice que en Tegucigalpa el futuro no le prometía nada bueno. Tiene dos hijos que ha dejado encargados a su madre para poder irse a trabajar a Estados Unidos. “Ser madre soltera es muy duro, usté no sabe…”, suelta mientras mira hacia el techo. Tiene el pelo teñido de rojo furioso y las uñas largas de color azul. Sus manos morenas llenas de anillos no paran de moverse. Tania comienza a hablar y es difícil detenerla. Salta de un tema a otro, como si su mente fuera más rápida que sus palabras, como si al hablar disminuyera su pesar. Cuenta que tiene un niño de seis años y una niña de cuatro. “Lo más difícil fue ver sus caritas de angustia cuando los dejé… pero tenía que hacerlo. No encontraba trabajo y pedí dinero prestado para poder venirme. Y ya me ve aquí: nos agarraron a mí y a otras 10 personas en Tapachula. No nos maltrataron, es cierto. Y aquí uno está más o menos. Lo malo es que estoy llame y llame al consulado de Honduras y nadie contesta”, dice.

Más preocupada está Claudia. Es cubana, tiene 28 años, un hijo de siete, el deseo de trabajar en Miami, donde vive su hermana, y posee una tristeza declarada que sólo frena por momentos la sonrisa y los besos de su hijo. A ambos los detuvieron hace cuatro días en Veracruz. Habían salido de Cuba en avión hacia Costa Rica. Claudia le había pedido a un tico que se casara con ella para poder irse de su país. Y lo consiguió. De Costa Rica, ella y su hijo se fueron en autobús a Nicaragua y ahí perdieron sus pasaportes. Aun así pudieron continuar el viaje a México. Asegura que nadie la ha guiado en el trayecto. “Yo y mi hijo nomás, preguntando y preguntando”. Dice que aquí en la Estación un hombre le ofreció un pase de salida a cambio de mil 500 dólares. “Pero ¿de dónde saco tanto?”. De momento hay algo que la tiene bastante más estresada. “Estoy en mi menstruación y aquí no hay toallas sanitarias”.
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La mayoría de las personas que se encuentran aquí se han resignado a migrar como parte de su destino. En sus países de origen todos conocen a alguien que ya se fue o que quiere irse y muchos se han esforzado por juntar dinero para luego confiarle sus vidas a un pollero. O para aventurarse por cuenta propia. Han escuchado historias llenas de dificultades, pero no pierden la esperanza de que a ellos les vaya mejor, de que en la carrera que emprendan obtengan alguna medalla. Saben que tarde o temprano acabaran acostumbrándose a llenar vacíos con fotos y remesas.

Así es una historia tras otra. Historias de desarraigo y del inicio de nuevas vidas que pretenden crecer a la distancia de familiares y amigos, pero, también, a la distancia de la pobreza y de la inseguridad. Buscan ganar unos cuantos dólares para enviar a sus familias y construir una casa, pagar la operación de alguien, comprar determinadas cosas, ayudar a pavimentar las calles de sus pueblos o arreglar la iglesia. A la recepción de la Estación Migratoria de Tapachula acaba de llegar otro grupo de jóvenes migrantes. Se oye un coctel de voces, gritos, alguna carcajada, muchos suspiros por el calor asfixiante y la pena. Los guardias les revisan sus mochilas y les piden que declaren sus pertenencias. Luego los recargan en la pared y los abren de pies y manos para registrar sus ropas y sus cuerpos. Enseguida los pasan al Módulo de Control para que les asignen el área en donde permanecerán.

Y mientras usted ha leído esto, otros continúan llegando.

Víctor Núñez Jaime

Sandra

Los que llegan 

La historia de esta guatemalteca que emigró a México reúne los horrores del tráfico de personas, la explotación sexual, la violencia de género, la misoginia golpeadora y la desatención de las autoridades de inmigración.


Una joven gutemalteca pasa junto a un graffiti en Tecún Umán, ciudad fronteriza entre México y Guatemala.
Una joven gutemalteca pasa junto a un graffiti en Tecún Umán, ciudad fronteriza entre México y Guatemala. Foto: Daniel Leclair/ Reuters


Cuando deje de caer, Sandra se habrá fracturado la pelvis y la cadera. También habrá perdido al bebé que desde hace ocho semanas crecía en su vientre, sin que ella lo supiera. Pasará tres meses en cama, adolorida, sin poder dormir, sin querer comer, triste y enojada con ella misma y con la vida luego de una dura operación obstinada en no cicatrizar. Podrá salir del hospital en una silla de ruedas y, semanas después, tendrá que usar muletas con la esperanza de poder dejarlas pronto.

Un día la llevarán con una psicóloga y le contará que hace casi dos años salió de Guatemala para vivir y trabajar en México, sin pensar que sería una víctima más de la trata de personas con fines de explotación sexual. Comenzará un difícil proceso de rehabilitación física y psicológica que la ayudará a denunciar todos los abusos que sufrió. Y, por primera vez en varios meses de angustia, podrá dormir con cierta tranquilidad y pensar en el futuro. Pero por ahora un hombre la ha arrojado al vacío por la ventana del tercer piso de un motel. El vértigo afloja su cuerpo. Su rostro se descompone. Cae de pie. Sandra está desplomada y semidesnuda en el suelo.
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Es el ocaso de una fría tarde del 10 de diciembre de 2008. Como desde hace casi un año, Sandra atiende a los clientes de la fonda-bar La Lupita, en los límites del Distrito Federal y el Estado de México. El local está situado en la esquina de una calle semidesierta, llena de baches, de charcos de agua sucia y de una sucesión de grises construcciones. Las mesas, los manteles y las sillas son de plástico. No hay ventanas. La única luz natural entra por la puerta. El olor a fritangas se mezcla con el aroma a sudor de hombres maduros, la mayoría obreros o albañiles, que han llegado aquí después de sus jornadas de trabajo.

Sandra y otras cuatro jóvenes mujeres son las meseras, pero no se limitan a servir alimentos y bebidas. Su principal misión es entretener a los parroquianos y propiciar el consumo de cervezas, ron y tequila. Escucharlos y conversar con ellos. Celebrarles sus chascarrillos y, si quieren y tienen para pagar, ofrecerles ratos de placer en un motel que se encuentra a unos metros del lugar.

Hace poco menos de dos horas Sandra se sentó junto a un señor moreno, robusto, medio calvo y con bigote. “Atiéndelo bien, es mi compadre”, le dijo la dueña del local. Empezó a hablar con él con desgano. Una, dos, tres cervezas. Un trago de tequila con sal y limón. Otra cerveza. El calor y el mareo aumentaban. Siempre que alguien le pedía compañía a Sandra, la dueña le daba de beber “para soportar los momentos”.

“Mejor nos vamos a donde estemos más cómodos, mi alma”, dijo el hombre mientras se levantaba de la silla y jalaba de un brazo a Sandra. “Comadre, aquí están mil pesotes porque me llevo a esta chamaca”, espetó él y enseguida salieron los dos a paso lento rumbo al motel.
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Sandra nació hace 15 años en Tecún Umán, San Marcos, una de las ciudades ubicadas en la frontera de Guatemala con México, donde más de la mitad de la población es flotante; es decir, sólo permanecen aquí parte del año. Las calles sin pavimentar están plagadas de charcos y de lodo, de gallinas y de perros. Y de bicitaxis, vehículos pintados de blanco y azul celeste que recorren breves distancias con una o dos personas a bordo. El padre de Sandra manejaba uno de esos bicitaxis. Con los pocos quetzales que ganaba mantenía a sus cuatro hijos y a su esposa, pero había días cuando llegaba a casa con las manos vacías por haberlo gastado todo en alguna cantina. Por eso su madre hacía tortillas de maíz que luego vendía entre sus conocidos.

Sandra dice que dejó la escuela porque sus compañeros se burlaban de su padre. “Es un borrachito loco”, le decían, y ella les pegaba. Su madre la cambió de escuela, no le gustó y ya no quiso ir. Sólo cursó hasta el cuarto grado de primaria. Su mamá la regañó y le pegó porque no podía concebir que su hija no estudiara, pero se le pasó el enojo cuando Sandra le ayudó a limpiar la casa y a repartir los pedidos de tortillas. Ella tiene una media hermana de 22 años que vive en unión libre con un muchacho del Estado de México y es madre de un bebé de dos años. Se llama Ana. Es hija del primer matrimonio de su madre. Con Ana siempre tuvo una buena relación y no dejó de extrañarla cuando se fue a México. Un día que habló por teléfono a Guatemala, Sandra le dijo que tenía ganas de visitarla, que había ahorrado lo suficiente para el pasaje de ida y vuelta, que no tenía pasaporte pero que es muy fácil cruzar a Chiapas y que de allí podría llegar al Estado de México en autobús. Ana se entusiasmó con la idea y le ofreció su casa.
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Sandra salió de Tecún Umán hacia Tapachula, Chiapas, luego a Oaxaca y de ahí al Estado de México. Fue casi todo un día de viaje que pasó sin complicaciones. En el reencuentro con Ana y su novio hubo besos, abrazos, recuerdos y ojos aguados. Durante una semana la llevaron a conocer los alrededores del lugar donde vivían y, después, algunos lugares emblemáticos de la Ciudad de México: el Centro Histórico, Chapultepec, Coyoacán.

Los siguientes días Sandra se aburrió. Casi no salía. Pasaba horas enteras frente al televisor o tomando el sol mientras pensaba en algo qué hacer. Se le ocurrió que podría quedarse en México, trabajar y enviarle dinero a su madre. ¿Por qué no? Agarró el teléfono y marcó el número de su casa en Guatemala. “Mamá —dijo—, quiero quedarme aquí en México. Para trabajar y poder apoyarte en tus gastos. Ana está de acuerdo en que me quede con ella”. No muy convencida, su madre le dijo que si eso es lo que ella quería, estaba bien. “No des molestias y no te portes mal”, fue el consejo.


Sandra salió de Tecún Umán hacia Tapachula, luego a Oaxaca y de ahí al Estado de México.
Sandra salió de Tecún Umán hacia Tapachula, luego a Oaxaca y de ahí al Estado de México. Foto: Moisés Castillo/ AP


Empezó como asistente de limpieza en una purificadora de agua. Sólo tres meses estuvo en ese lugar porque no se sentía contenta. Pronto encontró empleo como ayudante en una tapicería de sillones; un día su jefe le dijo que, debido a su situación migratoria irregular, debía irse. Estuvo dos meses sin trabajo y, quizá por la desesperación, tuvo una fuerte pelea con Ana. A un montón de gritos le siguieron algunos golpes. Sandra le espetó a su media hermana que ya no le ponía atención, que sólo se ocupaba de su esposo y de su hijo.

“Pues si no te gusta, lárgate”, concluyó Ana. Sandra salió de la casa con sus cosas en una mochila, pero se quedó sentada en la banqueta con la esperanza, en el fondo, de que Ana saliera a buscarla.

Estaba llorando cuando una vecina que caminaba por la calle la vio y se le acercó. Sandra la conocía desde que llegó a vivir al barrio. Le contó lo que había pasado. La mujer le dijo que no se preocupara. “Yo tengo una amiga que anda buscando una mesera para su restaurantito, alguien como tú: joven y con ganas de trabajar. Lo mejor es que ahí tiene cuartos para sus empleadas. Seguro te puedes quedar en uno”. Sandra vislumbró la solución a su problema y aceptó ir. Unos 15 minutos en microbús y ya estaban en La Lupita. La dueña le dijo que, como era “guatemalteca sin papeles”, el sueldo semanal sería de 400 pesos, que podía quedarse en uno de los cuartos de su casa y que también tendría tres comidas al día. “¿Cómo ves?”, preguntó. “Pues sí, acepto”, respondió Sandra. Y entró a la casa.

Al día siguiente se integró al grupo chicas que se presentaron como meseras. Le explicaron cómo tomar una orden y cómo servir los alimentos y bebidas. Hizo únicamente eso durante un mes, aunque observaba que sus compañeras atendían de otras maneras a los clientes. Una mañana, antes de abrir el negocio, la dueña le dijo: “Ya es hora de que apoyes a las demás. También tienes que entretener a los hombres”. Sandra contestó que le daba miedo y que no sabía hacerlo. “No te va a pasar nada. Y mira: para que se te quiten los nervios te tomas una cerveza o una copita y listo. ¿Entendido?”.

Para entonces, Sandra ya era “novia” del hijo de la dueña, un chico de 20 años que la visitaba en su habitación propiciando encuentros sexuales al término de los cuales le pedía que obedeciera a la jefa, que no fuera malagradecida porque ella la había ayudado cuando más lo necesitaba. “Si alguien te pide que te acuestes con él, no hay bronca. Hazlo. Yo no soy celoso, entiendo que es tu trabajo”.

Por su parte, la dueña le decía que no se preocupara por su sueldo, que ella se lo guardaba para que no se le fuera a perder. Durante casi un año que estuvo ahí nunca le dio más de 20 pesos a la semana, aunque le compraba jabón, champú, maquillaje, desodorantes y, a veces, una blusa o una falda. Sólo le permitió llamar una vez a su mamá y no le contó lo que realmente hacía. Y sólo podía salir de la casa o del local acompañada por algún cliente rumbo al motel, como aquella fría tarde de diciembre.
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La habitación 307 del motel La Querencia huele a humedad. En el suelo marrón hay una mancha de pintura verde. Una de las dos lámparas no enciende. En el techo hay un espejo. Nada en las paredes. El hombre empuja a Sandra hasta que ella queda recostada en la cama. Él intenta besarla. Ella voltea la cara. Los dos forcejean. “¡No quiero!”, masculla ella. “¡Cómo chingados no!”, sentencia él. Una cachetada.

Él comienza a desnudarla. Ella logra zafarse, alcanza el cenicero de cristal que está sobre el buró y enseguida aporrea la cabeza de su agresor. Él está atolondrado. Ella ve la oportunidad de escapar, pero apenas da unos pasos hacia la puerta y el hombre consigue jalarla del cabello. De nuevo ella está en la cama, con él encima. Recibe otras dos cachetadas. Caricias bruscas. Patalea. Le falta aire. Suda. Llora. Ya está en ropa interior.

Ahora él comienza a desvestirse. Ella aprovecha para levantarse, abre la ventana y grita con todas sus fuerzas:
—¡Ayúdenme!
Nadie la escucha. Desde el tercer piso puede verse la calle sin gente y de las casas o comercios cercanos nadie se asoma. Él la voltea, le aprieta los brazos con fuerza y la mira lleno de coraje:
—¿No quieres coger, pendeja? ¿No? ¡Pues las putas que no cogen se van a la chingada!
Entonces la carga y le saca el cuerpo por la ventana, con los pies por delante. La arroja al vacío.

En la camilla de la ambulancia, Sandra piensa: “me voy a morir. Ya no volveré a ver a mi mamá ni a mi papá ni a mis hermanos. Mi mamá se volverá loca al saber que me morí”. Luego el dolor la hace quedar inconsciente. La ambulancia emprende el camino hacia el hospital y con la sirena apaga el cuchicheo de algunos curiosos.

Las fracturas de pelvis y de cadera requieren cirugía inmediata. Por eso dos médicos piden que alisten el quirófano. Quieren reposicionar los huesos fracturados con la esperanza de que cicatricen pronto. Pero eso no ocurre. Cuando ella despierta después de la operación, el médico le dice sin mucho tacto: “Vamos a ver cómo reaccionas porque puedes quedar en una silla de ruedas para toda la vida”. Y agrega: “Te hicimos un legrado. Perdiste al bebé”. Sandra queda desconcertada. Asegura que no sabía que estaba embarazada.

Maldice a su “novio” y llora despacio, casi en silencio, mientras el dolor en la cadera vuelve a irritarla. No sólo es el aspecto físico lo que le preocupa. No puede dormir porque con el silencio de la noche revive la sensación de cuando caía. Además, tiene miedo de que el hombre que la tiró llegue al hospital para matarla.

Una mañana se le acerca un señor que se presenta como agente del Ministerio Público. La acribilla a preguntas. Nunca más vuelve a saber de él o de algún citatorio para rectificar la denuncia. Quizá él mismo es quien avisa al Instituto Nacional de Migración que una adolescente extranjera convalece en ese hospital sin acreditar su estancia legal en el país y, más tarde, dos agentes del Instituto llegan para decirle que, en cuanto la den de alta, la llevarán a una Estación Migratoria.


En la Estación Migratoria de Iztapalapa Sandra conversó con una visitadora de la CNDH.
En la Estación Migratoria de Iztapalapa Sandra conversó con una visitadora de la CNDH. Foto: Jesús Quintanar


Mientras tanto, Ana, su media hermana, la está buscando. Lleva seis meses haciéndolo. Cuando tuvieron aquella pelea, Ana pensó que Sandra había vuelto a Guatemala, hasta que, semanas después, su madre le dijo en una llamada: “No, aquí no ha venido. Una vez habló y dijo que estaba trabajando. Debe seguir en México”. Ana fue a la policía para denunciar la desaparición. La penúltima semana de diciembre un judicial le habló por teléfono: “Creo que ya sabemos dónde está la muchachita que busca. Pero para ir necesitamos que nos dé dos mil pesos. Para movernos bien, ¿no?”.

Ana consiguió el dinero con algunos conocidos y se lo entregó al policía. Dos días después una foto y un mensaje de texto llegaron a su celular: “¿Es ella?”. Sí, era Sandra, postrada en una cama de hospital.
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En la Estación Migratoria de Iztapalapa Sandra conversa con una visitadora de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Han pasado casi cuatro meses desde que la tiraron por la ventana y su recuperación es bastante lenta. Está en una silla de ruedas y no ha recibido atención psicológica. Desde que salió del hospital tampoco algún médico ha vuelto a revisar cómo van sus fracturas y en la Estación la tienen “asegurada” para deportarla a Guatemala.

Todo esto se lo cuenta ella a la visitadora de la CNDH, junto a buena parte de su historia. El caso es claro: es una menor de edad víctima de la trata de personas con fines de explotación sexual. “El enganche (la vecina) que se tradujo en la captación de la menor por parte de la tratante (su patrona), y los medios o la forma en que se engancha, que se reprodujo a través del engaño, el abuso de poder, el estado de vulnerabilidad en el que se encontraba la menor y el propósito que se refiere a la explotación”.

Desde 2008, miembros del programa Menores Trabajadores Urbano Marginales (Metrum) del DIF comenzaron a detectar casos de explotación sexual infantil en el Estado de México, donde Sandra fue agredida. Tan sólo en su primera inspección localizaron 80 casos de menores de edad obligados a prostituirse. Pero advirtieron que “es difícil identificar a las víctimas porque es un fenómeno social oculto, sobre todo en los municipios metropolitanos del valle de México, donde operan establecimientos con licencias de cocinas económicas que en realidad son prostíbulos”.

Desde la Estación Migratoria de Iztapalapa Sandra pudo llamar por teléfono a su madre. No le fue fácil contarle lo que había vivido durante las últimas semanas. Por el momento sólo le dijo que se había fracturado la cadera y que la necesitaba junto a ella. La señora vino a México y el reencuentro con su hija transcurrió entre lágrimas, regaños y abrazos. Lo mismo ocurrió después con Ana.

La CNDH solicitó el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) para la atención médica y psicológica de Sandra, así como para llevarla a uno de sus albergues donde pudiera recuperarse y continuar con el proceso legal de su caso. Ahora la atienden médicos del Instituto Nacional de Rehabilitación y ya se siente mucho mejor. La CNDH dijo que la forma de actuar de los servidores públicos que no detectaron a tiempo la gravedad de la situación “en los hechos se tradujo en actitudes tolerantes al propiciar la impunidad de los probables responsables”, y emitió una recomendación al gobierno del Estado de México y al Instituto Nacional de Migración: “Que los servidores públicos de esas dependencias gubernamentales se capaciten para este tipo de casos donde se ven inmiscuidos migrantes-víctimas de trata de personas y mejoren las condiciones de ‘aseguramiento’ de la Estación Migratoria de Iztapalapa”.
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¿Qué querrán decir esos ojos que aparentan ser tan decididos? ¿Por qué miran con tanta insistencia? En el rostro de Sandra hay enojo, desamparo, incredulidad. Pero también miedo y culpa. En esa cara redonda y morena, de frente amplia, nariz ancha, cejas delgadísimas y labios gruesos, los ojos grandes y oscuros se clavan con cierta dureza en todo lo que ven, como si estuvieran siempre al acecho. Pero todavía, por las noches, cuando cierra los ojos para intentar dormir, recuerda la caída desde el tercer piso de aquel motel y el sobresalto es inevitable. La invade la ansiedad. Quiere llorar para ver si así se le deshace el nudo que siente en la garganta pero no puede; durante el día, en cambio, llora por cosas que antes le parecían insignificantes.

Escucha los gritos de los niños que juegan y se le alteran los nervios. Tiene miedo a la oscuridad. Sólo desayuna, no tiene hambre a la hora de la comida ni de la cena. Ha bajado cinco kilos. Pesa 40. Cuando conversa con alguien de pronto su mente parece irse a otro sitio y se le olvida lo que estaba diciendo. Dice que ya no puede confiar en nadie, que siente que todos la quieren utilizar, como la señora que la tenía “trabajando” en su negocio.

Por el momento, su recuperación física es lo único que la alienta. Dejó la silla de ruedas y ha empezado a caminar con la ayuda de unas muletas. La asusta, sin embargo, no tener la certeza de renunciar a ellas. Los médicos dicen que la rehabilitación va bien, pero no descartan alguna recaída. Está a gusto en el albergue, pero hay momentos en que le gustaría salir de ahí. No sabe con seguridad si quiere irse a Guatemala o quedarse en México. Por lo pronto disfruta sus clases de redacción, matemáticas y, en especial, de educación artística. Dice que le encanta dibujar. No obstante, jamás muestra sus dibujos. “Son mi tesoro privado”, dice. Le preocupa su higiene personal, estar siempre presentable para los demás. Quiere que en el álbum de su vida haya fotos de momentos felices, “para, cuando sea viejita, echarles un vistazo de vez en cuando”.



Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas

La trata es esclavitud y es un crimen. Es concebir al ser humano como una mercancía. Y lo más común es que lo exploten laboral o sexualmente. El incremento del problema de trata tiene una conexión directa con los crecientes flujos migratorios que van de la periferia al centro, o de los países en vías de desarrollo a los países desarrollados. Los grupos más vulnerables son mujeres y niños. La pobreza, la desesperación, el abandono y la fragilidad social facilitan este crimen en el que cada año se ven inmiscuidas 800 mil personas en promedio, según Estados Unidos.

El informe “Una alianza global contra el trabajo forzoso”, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), calcula que al menos 12.3 millones de personas son víctimas de esta situación en todo el mundo. De ese total, 1.3 millones se encuentran en América Latina. Son personas que, coaccionadas, trabajan 16 horas diarias los siete días de la semana en condiciones deplorables de higiene y salubridad, sin el salario mínimo y viviendo en condiciones de alta marginación.

En el otro extremo del problema, la Relatoría especial de Naciones Unidas contra la Venta de Niños, la Explotación Sexual y la Pornografía Infantil, dice que en México 80 mil niñas y niños son víctimas de la explotación sexual. Un cálculo sobre las dimensiones internacionales de este problema, que crece en la medida en que es mayor el número de niños en pobreza y abandono, lo aporta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos (OEA), que estima que anualmente en el mundo más de un millón y medio de infantes son sumados mediante coacción y engaños al mercado de la explotación sexual. En su estudio, la OEA refiere que México ocupa el noveno lugar en explotación sexual infantil.

Víctor Núñez Jaime